¿UNA NUEVA GUERRA FRIA ENTRE RUSIA Y OCCIDENTE?

¿UNA NUEVA GUERRA FRIA ENTRE RUSIA Y OCCIDENTE?

¿UNA NUEVA GUERRA FRÍA ENTRE RUSIA Y OCCIDENTE?

 

La fallida y controvertida visita del máximo representante de la diplomacia europea, Josep Borrell, a Moscú -humillación del ministro de exteriores ruso, Serguéi Lavrov, incluida- ha puesto sobre la mesa la tensión que rodea a las relaciones entre Occidente y Rusia.

 

por Ricardo Angoso

 

Mientras Borrell pisaba todavía territorio ruso, en una visita que rozó el paroxismo grotesco, en términos diplomáticos, Moscú expulsaba a varios diplomáticos de la Unión Europea, más concretamente a tres representantes de Suecia, Polonia y Alemania, en un gesto tan poco acorde con las formas como poco respetuoso con su visitante, casi humillante. Una afrenta absoluta sin necesidad de usar más eufemismos. Luego el canciller ruso, Lavrov, se inmiscuyó de la manera más poco apropiada -pese al apoyo recibido por parte de ese tahúr del Mississippi que es Pablo Iglesias- en los asuntos de España y comparó a los presos catalanes con el disidente ruso Alexei Navlany, sobre cuyo intento de asesinato sobrevuela la mano criminal del actual inquilino del Kremlin.

 

La paciencia de los europeos, abandonados durante cuatro por unos Estados Unidos que hacían la vista gorda ante las constantes violaciones de los derechos humanos en el interior de Rusia y por sus brutales atropellos en el exterior, ha sido infinita y quizá no se ha manifestado, debido a las divisiones en el seno de la UE, con la suficiente contundencia y rotundidad.

 

Rusia, en estos años de satrapía de Vladimir Putin, ha envenenado y asesinado a disidentes, tanto en suelo ruso como en el exterior, ha acallado e incluso cerrado a los medios de comunicación que disentían con el máximo líder, ha perseguido con saña y brutalidad a cualquier forma de disidencia, incluso empleando medios policiales absolutamente brutales contra protestas pacíficas, y ha silenciado a cualquier voz crítica con el régimen neoimperial ruso. Por no hablar de la permanente exhibición, por parte de Putin y sus esbirros, de un discurso homófobo, machista, racista y reaccionario, casi de corte neofascista, de cara a la galería que dista mucho de lo que debería ser un liderazgo moderno, democrático y tolerante hacia todas las formas de expresión y género.

 

Luego, en lo que respecta a la proyección exterior de Rusia, las cosas no podían haber ido por peor camino en los últimos años, habiendo hecho valer, mediante el uso de la fuerza bruta, su viejo poderío imperial en el espacio postsoviético. Moscú mantiene ocupada una parte de Moldavia -Transnistria- y tiene estacionado allí el XIV Ejército ruso; se anexionó unilateralmente a las «repúblicas» de Abjasia y Osetia del Sur en Georgia, en una guerra donde primó la tierra quemada y causando miles de muertos y desplazados; se anexionó Crimea, imponiendo a Ucrania una humillante entrega de este territorio, y ocupó en este país las regiones de Donetsk y Donbás, abriendo el camino para una larga guerra civil no concluida; y, por último, Putin tiene el dudoso honor de ser, junto con el sátrapa de Venezuela, Maduro, uno de los pocos dirigentes del mundo en haber apoyado la carnicería desatada por el dictador de Bielorrusia, Aleksandr Kukashenko, tras haber perdido las últimas elecciones en su país y haber perpetrado un fraude monumental para perpetuarse ad eternum en el poder.

 

LA POLÍTICA NEOIMPERIAL RUSA

Pero la agresiva política exterior rusa no solamente se circunscribe al mundo postsoviético, sino que tiene entre sus objetivos extender su poder e influencia en otros escenarios, como Oriente Medio, Asia y América Latina. En Oriente Medio, el régimen de Putin se ha convertido en el mayor aliado del dictador sirio Bashar al-Asad, responsable de numerosas violaciones de los derechos humanos y de haber bombardeado hasta hospitales y otros objetivos civiles con el fin de doblegar a la resistencia democrática en el interior del país. Incluso Putin, que cuenta con una base militar en territorio sirio sobre el mar Mediterráneo, se ha entrometido descaradamente en la guerra civil Libia y ha tejido alianzas contra natura con Turquía e Irán, dos enemigos declarados de Occidente. Ankara hace años que abandonó toda esperanza de ingresar en la UE y Erdogan desestabiliza permanentemente el Mediterráneo Oriental, bien fomentando la inmigración ilegal para chantajear a Europa a cambio de dinero o enviando fuerzas militares para reclamar las reservas gasísticas de Chipre e Israel.

 

Paradójicamente, Putin, que nunca pone los huevos en la misma cesta, por decirlo vulgarmente, mantiene unas excelentes relaciones con Israel y en los últimos años los contactos entre el primer ministro del Estado hebreo, Benjamín Netanyahu, y el inquilino del Kremlin han sido frecuentes y la sintonía entre ambos en numerosos asuntos ha sido más que notable. La política hace extraños compañeros de cama.

 

En lo que respecta al resto del planeta, Rusia ha tenido una política mucho más ambiciosa y agresiva que la UE e incluso los Estados Unidos en Asia y América Latina, habiendo cimentado una sólida relación con China en estos años -mientras Trump dinamitaba todos los lazos con este país con su habitual torpeza- y manteniendo el habitual alto nivel en sus intercambios comerciales y políticos con la India, siendo su principal proveedor de armas.

 

Luego, en lo que se refiere a América Latina, es muy significativo que varios países del continente, entre los que destacan Cuba, Nicaragua, Argentina, México, Bolivia y Paraguay, hayan preferido comprar la vacuna Sputnik 5 a Rusia antes que iniciar negociaciones comerciales con otros laboratorios occidentales, lo que revela el peso creciente que va teniendo este país en este continente, donde cada vez se detecta un mayor desinterés y una falta de estrategia nítida por parte de los Estados Unidos y la UE hacia sus asuntos.

 

Así las cosas, ¿estamos ante una nueva Guerra Fría entre Occidente y Rusia? La pregunta sobra, ya estamos inmersos en la misma, y frente a una UE titubeante y débil, que se niega a mostrar su nervio diplomático fomentando una diplomacia más activa y unificada, Rusia aprovecha esos espacios dejados por los europeos para avanzar en numerosos escenarios. Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, abandonó en la cacharrería de la historia a la OTAN, humilló a sus socios europeos, destruyendo el vínculo transatlántico tras años de efectividad en la lucha contra el comunismo y la Unión Soviética, y, finalmente, descuidó numerosos escenarios en el planeta al igual que la UE, como ya hemos dicho antes, dejando los mismos en manos de otros países que, como Rusia, no iban a desaprovechar la ocasión para tratar de ocuparlos y ejercer su liderazgo, tal como está haciendo muy efectivamente. ¡Bienvenidos al siglo XXI!

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