UN FANTASMA RECORRE EUROPA: EL ANTISEMITISMO

UN FANTASMA RECORRE EUROPA: EL ANTISEMITISMO

INFORME

 

Un fantasma recorre Europa: el antisemitismo

 

Los actos vandálicos contra intereses judíos, la profanación de los cementerios hebreos y un nuevo revisionismo con respecto a la historia, más concretamente con respecto a la narrativa relativa al Holocausto, configuran un cuadro preocupante en el continente europeo.

 

por Ricardo Angoso

 

«No es lícito olvidar, no es lícito callar. Si nosotros callamos, ¿Quién hablará?» Primo Levi

El odio al judío es algo tan antiguo casi como la existencia de Europa, pero está indisolublemente ligado al cristianismo. Durante siglos la jerarquía cristiana consideró a los judíos como los responsables de la crucifixión y muerte de Jesucristo y hasta una fecha tan cercana como 1965, durante el Concilio Vaticano II, mantuvo estas duras acusaciones que justificaban la violencia racial contra los judíos desde los púlpitos.

 

En ese año, como explicaba el profesor Martin I.Locksin, «la Iglesia Católica publicó una largamente esperada declaración titulada Nostra Aetate, ofreciendo un nuevo acercamiento a la cuestión de la responsabilidad judía por la crucifixión de Jesús. El documento argumentó que los judíos del mundo moderno no podían ser tomados como responsables por la crucifixión de Jesús y que no todos los judíos vivos en la época de la crucifixión eran culpables del crimen. Esto fue un notable paso adelante en la historia de las actitudes cristianas alrededor de Jesús, dado que la culpa judía por la muerte de Jesús ha sido un eje del antisemitismo cristiano».

 

Durante siglos, la Iglesia católica alentó, difundió y fomentó el antisemitismo. El cristianismo, además, estaba asociado al poder de los Reyes en la Edad Media y si bien el discurso antisemita lo aportaban los padres de la Iglesia, eran los gobernantes los que utilizaban la espada para expulsar a los judíos de sus países. Hay numerosos casos a lo largo de la historia que muestran a las claras estas expresiones de odio hacia los judíos.

 

En Alemania, en 1096, los judíos de Spira, Worsm, Maguncia y Colonia, junto con los de otras localidades, fueron masacrados a comienzos de la Cruzada católica. Francia también se sumó a la moda antisemita y, en 1.336, el rey Felipe el Hermoso expulsó a los judíos galos, no sin antes confiscar sus bienes. En España, la expulsión de los judíos por parte de los Reyes católicos, en 1492, en un famoso edicto, significó el fin de esa utopía llamada Sefarad, una suerte de pequeño «Estado» judío conviviendo con los cristianos en la Península Ibérica. En Portugal, donde habían llegado muchos de los judíos llegados de España, el rey Manuel I ordena la expulsión de todos los judíos del territorio portugués.

Después vendrían otras expulsiones en otras latitudes y territorios que atravesaron la historia de Europa. Esta tradición cristiana antisemita de la que bebieron intelectualmente esas expulsiones, fuertemente arraigada en Alemania y otros países europeos, llega hasta bien entrada la modernidad y arraiga incluso en el siglo XIX. “Tal era la lógica de los Padres de la Iglesia y del antisemitismo cristiano que en el siglo XII evolucionó gradualmente hasta el extremo de que los judíos llegaron a ser sinónimos del demonio”, escribía el profesor Daniel Jonah Goldhagen. Se les consideró seres sin atributos humanos, a los que debían ser negados sus derechos, y eran constantemente vilipendiados desde los púlpitos.

 

Mención aparte esta historia de intolerancia y persecución contra los judíos es el caso de Lutero. Sin andarse por las ramas y ajeno a ninguna contención moral, Lutero transforma el antisemitismo pasional y oral en una suerte de ciencia religiosa que parte desde los púlpitos hacia los creyentes. En 1543, Lutero publicó Sobre los judíos y sus mentiras, obra en la que llega a afirmaciones como que los judíos son un pueblo «abyecto y despreciable, es decir, no un pueblo de Dios, y su jactancia de linaje, su circuncisión y su ley deben ser considerados sucios»; están manchados con «las heces del diablo (…), en las que se revuelcan como cerdos». La sinagoga es una «novia impura, sí, una ramera incorregible, una mujerzuela impía». Lutero propugna que las sinagogas y escuelas rabínicas sean pasto del fuego, sus libros de oración, destruidos, que se prohíba a los rabinos predicar, que sus casas sean arrasadas y sus propiedades y dinero confiscados. No se les debe mostrar ninguna piedad ni misericordia, ni facilitar protección legal alguna y «estos infectos gusanos venenosos» deben prepararse para el trabajo forzado o la expulsión definitiva de la faz de la tierra. En este libro Lutero parece incluso preconizar su asesinato, cuando escribe: «Seremos culpables de no destruirlos”.

 

DEL SIGLO XIX AL NAZISMO

Estas ideas antisemitas, que proliferaron en los púlpitos y en ciertos círculos intelectuales conservadores, van cimentando el camino para nuevas expresiones de antisemitismo en toda Europa. Hubo centenares de matanzas y persecuciones a los judíos entre 1821, en se registró el «pogrom» -asesinato colectivo de judíos- de Odesa, en Ucrania, y 1946, en se registró el de Kielce, en Polonia.

 

Pero tampoco otros países occidentales modernos, como Francia, se quedarían al margen y ajenos a la marejada antisemita. En 1894, un oficial francés de origen judío, Alfred Dreyfus, fue víctima de una conspiración antisemita por la que fue condenado al destierro de por vida acusado de «alta traición» y atacado sin respiro por casi todos los medios de comunicación de la época, causando el odio racial hacia los judíos y el repudio por parte de la opinión pública francesa. Posteriormente a estos hechos, que causaron una gran conmoción y revelaron el grado de rechazo de la sociedad francesa hacia los hebreos, el escritor Emile Zola publicó su famoso artículo «yo acuso», en que desmontaba toda la trama urdida contra Dreyfus y dividiendo a la sociedad francesa profundamente. En 1906 su inocencia fue reconocida, su sentencia anulada, el oficial fue rehabilitado con el grado de comandante e incluso Dreyfus llegó a participar en la Primera Guerra Mundial, muriendo en el año 1935 con el pleno reconocimiento social.

 

Precisamente la Primera Guerra Mundial (1914-1918) creó grandes frustraciones y la «modernización» del discurso antisemita en una buena parte de Europa debido a que algunos movimientos políticos buscaban un chivo expiatorio que justificara la tragedia que se abatía sobre el continente. El periodo de entreguerras se caracterizó en toda Europa por la emergencia y el éxito político de los nuevos movimientos fascistas, pero especialmente en Italia y en Alemania. El movimiento nacionalsocialista alemán -nazi- era marcadamente antisemita y en su programa exponía claramente sus ideas criminales con respecto a los judíos, no se andaba por las ramas ni eludía su misión purificadora puesta finalmente en marcha en la «solución final».

 

Los antisemitas consideraban a los judíos como los responsables de todo lo que aconteció tras el final de la guerra, es decir, no solamente eran culpables de la derrota alemana por haber asestado la “puñalada trapera” al pueblo alemán, sino también de las consecuencias derivadas de la misma. “Los antisemitas adujeron que en todas esas cuestiones políticas se constataba la intervención judía. Por ejemplo, destacaban que la Constitución de Weimar había sido redactada por el jurista judío Hugo Press; que en 1917, el presidente del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania era el judío Hugo Haase; que otro estadista judío, Otto Landsberg, había acudido a Versalles como ministro de Justicia y había escuchado las exigencias de los Aliados en la conferencia de paz posterior a la guerra; y que el industrial judío Walter Rathenau no sólo había trabajado en el Ministerio de Guerra durante el conflicto, sino que después había sido ministro de Exteriores del gobierno de Weimar”, escribía el experto en nazismo Laurence Rees a este respecto.

 

En resumen, en ese discurso racista del nacionalsocialismo el antisemitismo era un elemento central y no periférico que sustentaría (y justificaría) en el futuro las acciones más viles. A este respecto, escribe muy atinadamente Daniel Goldhagen: “El concepto de los judíos como otra raza, así como una interpretación totalmente racista de las diferencias humanas y la historia, constituían el sentido común de la cultura política, con la excepción ocasional de la Iglesia católica. E incluso en la jerarquía católica, a pesar su profunda y coherente visión del mundo, reñida con el racismo alemán nazi, fueron muchos los que sucumbieron a las ideas y el lenguaje racista de la época, como demostraba su propio abandono y persecución de los judíos conversos. En efecto, tan potente era el modelo cognitivo cultural racial de la humanidad existente en Alemania que la Iglesia católica alemana lo aceptó en general y lo diseminó incluido en sus propias enseñanzas. En febrero de 1936, las orientaciones oficiales del episcopado alemán para la enseñanza religiosa afirmaban:”La raza, el suelo, la sangre y el pueblo son valores preciosos que Dios nuestro Señor ha creado y cuyo cuidado nos ha confiado a los alemanes”. La superposición del antisemitismo racial obsesivo, oficial y público, al antisemitismo que más o menos había dirigido el ideario de la sociedad civil alemana en historia reciente anterior al nazismo, dejó bien cimentada la ideología racista hegemónica, de la que pocos disentían”, en esa Alemania ya rendida al genio redentor y genocida de Hitler.

 

 

En 1933, los nazis, con Adolf Hitler a la cabeza, llegaban al poder democráticamente, a través de las urnas, y es el fin del sistema democrático alemán, prohibiéndose los partidos políticos, los sindicatos, toda forma de oposición y los medios adversos al nuevo régimen. También comienzan las prohibiciones y medidas antisemitas en Alemania que tendrán como corolario final la Noche de los Cristales Rotos.

 

En la noche del 9 de noviembre de 1938 hubo un estallido de violencia contra los judíos en todo el Reich. Parecía imprevisto, provocado por la furia de los alemanes por el asesinato de un funcionario alemán en París en manos de un adolescente judío, pero en realidad, el ministro de propaganda alemán Joseph Goebbels y otros nazis habían organizado cuidadosamente las matanzas. En dos días, más de 250 sinagogas fueron quemadas y más de 7.000 comercios de judíos fueron destrozados y saqueados. Hubo 90 muertos en esa jornada. Al día siguiente de esos hechos, 30.000 judíos alemanes fueron detenidos y enviados a los campos de la muerte. Acababa de comenzar el Holocausto.

 

Para el nazismo, la historia de Alemania, pesimista y plagada de derrotas, sólo podía entenderse si se tenían en cuenta a los grandes enemigos del país, principalmente los judíos, los vecinos eslavos que siempre trataron de destruirles y los “subhombres”, es decir, las razas “inferiores” que no habían dejado crecer y desarrollarse al proyecto nacional. Los alemanes, pensaban los nazis, necesitaban un Lebensraum o espacio vital libre de judíos y “subhombres”. La Iglesia católica, en cierta medida, tan sólo servía como fuente legitimadora de ese discurso y compartía con la sociedad alemana sus temores y miedos ante la “cuestión judía”, que debería ser “solucionada” por los medios que más tarde serían puestos en práctica. De este discurso, y de la complacencia por parte de la sociedad alemana ante tanta brutalidad, al Holocausto había un corto trecho que fue cruzado sin remordimiento por los nazis.

 

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) tuvo fatales consecuencias para los judíos de Europa y otros pueblos o minorías puestos en el punto de mira de los nazis, como los gitanos, los polacos, los pueblos de la Unión Soviética conquistados y también para homosexuales, comunistas y otros adversarios de la maquinaría nazi. En total, unas veinte millones de personas morirían asesinadas por los nazis entre 1938 y 1945 con la ayuda, todo hay que decirlo, de los verdugos voluntarios de Hitler, entre los que tuvieron un especial protagonismo los húngaros, polacos, rumanos y ucranianos.

 

EUROPA TRAS LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Tras la Segunda Guerra Mundial, y todavía con las llamas humeantes de los horrores padecidos en la guerra, Alemania, junto con algunos de sus colaboradores extranjeros, se enfrentó en Nuremberg a los fantasmas del pasado con el juicio a los principales responsables de los crímenes cometidos por los jerarcas nazis. El nazismo fue proscrito como organización política y como ideología en Alemania y otros países, pero las ideas no se borran tan fácilmente del pensamiento y el antisemitismo, como un virus durmiente que acecha en cuanto bajan las defensas democráticas, siguió presente en nuestras sociedades.

 

Las primeras noticias del antisemitismo en la antigua Unión Soviética llegaron en el año 1952, cuando Stalin contempló con impotencia como el nuevo Estado de Israel rechazaba aliarse con el mundo socialista y se decantaba más por acercarse a los Estados Unidos y a Occidente. En 1952, comenzaron las detenciones de algunos judíos prominentes en la Unión Soviética y un año más tarde, a principios de 1953, se anunció que había en marcha un “complot” de médicos judíos contra Stalin, siendo arrestados docenas de doctores hebreos, incluyendo al médico personal del dictador soviético, Mirón Vovsi. Unos meses más tarde, el 1 de marzo de 1953, Stalin fallecería, y el nuevo líder soviético, Gueorgui Malenko, decretó una amnistía y puso en libertad a muchos de los detenidos.

 

Pese a todo, las relaciones de la Unión Soviética y los nuevos Estados socialistas bajo el dominio comunista estuvieron caracterizadas a partir de esa casi ruptura con Israel por un rotundo antisionismo, por el desconocimiento del hecho judío y por una injustificado “olvido” de los dolores padecidos durante el Holocausto por los hebreos en los países donde más judíos habían sido asesinados, como eran los casos de Hungría, Polonia, Rumania y la ex repúblicas soviéticas de Bielorrusia, Moldavia y Ucrania.

 

El 4 de septiembre1972, en plenas Olimpiadas de Munich, un grupo terrorista palestino, Septiembre Negro, irrumpió en las instalaciones olímpicas y secuestró a 11 atletas israelíes. En plena negociación con los alemanes y tras haberse pactado la salida de los terroristas con los rehenes para seguir la negociación en otro país, la policía alemana, en una operación bastante desafortunada, acabó con algunos terroristas, pero no pudo evitar que éstos acabasen con la vida de los atletas. En casi toda Europa, en aquellos años, Israel luchaba contra el terrorismo palestino sin apenas apoyos y con la casi unánime simpatía de casi todos los gobiernos europeos a la causa palestina, que nunca excluyó al terrorismo como forma de acción política.

 

Mientras los terroristas palestinos atacaban objetivos civiles israelíes, asesinando a decenas de inocentes, la sociedad europea miraba para otro lado y sus gobiernos actuaban con condescendencia, sino tolerancia, hacia los ataques criminales de grupos como Septiembre Negro. Ese mismo año de 1972, por ejemplo, Alemania liberó en octubre a todos los terroristas de Septiembre Negro bajo la presión de un avión secuestrado de Lufthansa por los terroristas palestinos. Los asesinos de los deportistas israelíes quedaban en la calle como si nada hubiera pasado. El nuevo antisionismo europeo se parecía mucho al viejo antisemitismo.

 

En el mundo socialista, mientras tanto, la situación no era mejor para la causa judía. Los países socialistas nunca rindieron homenaje a los judíos masacrados en sus países tras la Segunda Guerra Mundial y alentaban la salida de los hebreos hacia Israel u Occidente, de tal modo que cuando cayeron los regímenes comunistas apenas quedaban judíos en esa parte de Europa. La población judía en Europa del Este pasó de casi medio de judíos, en 1950, a apenas unos 95.000 tras la caída del Muro de Berlín. Lo que no había logrado el Holocausto lo logró una silenciosa hostilidad y unas condiciones de vida casi miserables, por no hablar de un clima de odio y resentimiento hacia los judíos.

 

En 1946, una vez que Polonia estaba ya bajo la égida soviética y parecía que el continente volvía a la normalidad tras una cruenta y salvaje contienda mundial, se produjeron los incidentes de Kielce. En esa localidad polaca, ciudadanos de pie de todas las condiciones y edades lanzaron un «pogrom» en contra de los judíos sobrevivientes del Holocausto que regresaban a la ciudad el 4 de julio de 1946. Multitudes atacaron a los judíos después de que se propagaran rumores falsos sobre unos judíos que habían secuestrado a un niño cristiano, a quien habían intentado asesinar en un ritual. Los atacantes mataron a un mínimo de 42 judíos e hirieron, aproximadamente, a 50 más. Las acusaciones, por supuesto, resultaron falsas, pero provocaron la marcha de miles de judíos polacos de Kielce y otras ciudades ante el temor a que se produjeran nuevas matanzas.

 

EL NUEVO REVISIONISMO

En 1987, Jean Marie Le Pen, líder del partido Frente Nacional en Francia, asegura que los campos de concentración nazis son un «detalle histórico», suscitando una condena en una buena parte de su país y concitando el rechazo de casi toda la clase política gala. No casualmente, Francia fue uno de los países más activos durante la ocupación alemana en el envío de miles de judíos a los campos de la muerte, una realidad que nunca fue asumida por una buena parte de los franceses y que resulta incomoda para la sociedad de este país. A nadie, desde luego, le gusta mirarse al espejo y contemplar, quizá absorto, la monstruosidad de su ser.

 

Más tarde, en 1989, con la caída del comunismo y la emergencia de grupos de carácter fascista en Europa del este, comenzaron a producirse en casi todo el continente ataques a cementerios judíos, profanación de tumbas, exhibición y difusión de materiales antisemitas y la aparición de esvásticas en lugares de culto judío. Se han producido ataques a cementerios judíos en Eslovaquia, Francia, Hungría, Moldavia, Polonia, Rumania y Ucrania. En París, recientemente, apareció una pintada que decía:»Judíos a los hornos».

 

Paralelamente a estos hechos, se hizo presente en Europa del Este una suerte de nuevo revisionismo, en el sentido de querer reescribir la historia sobre lo que había ocurrido en la Segunda Guerra Mundial y sobre el papel que habían tenido los húngaros, los polacos, los rumanos y los ucranianos, principalmente, en el Holocausto.

 

Rumania intentó rehabilitar al dictador Ion Antonescu, que puso en marcha la «solución final» en Moldavia y Transnistria, exculpándose casi colectivamente de todas sus culpas en el Holocausto. Miles de soldados rumanos, que estaban apoyados por las tropas de la Alemania nazi, asesinaron a miles de judíos en esos territorios y nunca nadie fue juzgado por esos hechos, si exceptuamos a Antonescu y a algunos de sus colaboradores, que fueron procesados, condenados y ejecutados por los rusos tras la contienda. Pese a todo, hace unos años una comisión internacional, presidida por el escritor y premio Nobel de la Paz Elie Wiesel, puso las cosas en su sitio y señaló las responsabilidades rumanas en el exterminio de los judíos rumanos, cuyas conclusiones fueron asumidas con desagrado, casi totalmente, por las autoridades rumanas en el año 2004.

 

Polonia no se anduvo por las ramas y aprobó recientemente una Ley que prohibía relacionar a su país con el Holocausto, condenando con hasta tres años a aquellos que hablaran de «campos de concentración polacos» y también tipifica penalmente las acusaciones a Polonia de complicidad con los crímenes del Tercer Reich. Israel acusó a Polonia de coartar la libertad de expresión. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. reavivó el fuego señalando, seguramente con cierta razón, que «un número no insignificante» de polacos participó en tareas criminales durante el Holocausto.

 

EL CASO FRANCES

También en Francia, el pasado mes de febrero, el país vivió una gran conmoción cuando unos desconocidos profanaron 96 tumbas en el cementerio judío de Quatzenheim, donde pintaron unas esvásticas sobre las lapidas para después abandonar el recinto sagrado en total impunidad.

 

Francia es el país del continente que reporta más casos antisemitas y el problema parece que se agrava. El diario español El País informaba recientemente que «el antisemitismo aumenta en Francia. El vandalismo, los insultos, las amenazas y las agresiones contra los judíos aumentaron un 74% en 2018, según datos oficiales. La difusión de los datos coincide con el descubrimiento en días recientes de varias pintadas y la profanación en las afueras de París del memorial a Ilan Halimi, el joven judío secuestrado y torturado hasta la muerte en 2006».

 

 Ese virus letal del antisemitismo también ha contaminado hasta a los «chalecos amarillos», un grupo de protesta social en el que convergen militantes fascistas, islamistas radicales y un sinfín de especies de todos los pelajes y convicciones, pero que se definen así mismos como «antisistema». En una manifestación de este grupo en París, el intelectual francés de origen judío Alain Finkielkraut (París, 1949)  fue víctima de insultos antisemitas por parte de los participantes a la marcha que lo llamaron «sucio hebreo» y le conminaron  a marcharse de su país, en un hecho paradójico por la circunstancia de que quien se lo gritara era un inmigrante musulmán. «Lárgate de nuestro país», parece que le dijeron los integristas.

 

Buscando una explicación «lógica» ante este hecho, el mismo Finkielkraut respondía así: «Existe un viejo antisemitismo -en Francia- al estilo de la década de 1930 que hoy en día se está reciclando. Todos repiten esta cita de Brecht: “El vientre que parió la bestia inmunda aún es fecundo”. Y es verdad. Pero actualmente esa bestia inmunda también sale de otro vientre. Los judíos son el primer blanco de la convergencia de las luchas entre la izquierda radical antisionista y los jóvenes de los barrios periféricos próximos al islamismo».

 

Sobre este mismo asunto, el pensador francés Bernard Henry-Lévy sostiene que «la única manera que tiene el antisemitismo para funcionar hoy es diciendo que los judíos son amigos de un Estado que es muy malo y posiblemente fascista en el trato con respecto a otro pueblo, el palestino. Si consigues construir esta cadena de sentido, entonces puedes crear un movimiento antisemita real en Europa. En términos de mecánica ideológica y política, la única manera es esa». Lamentablemente, ese es el discurso que ha funcionado en los medios de comunicación occidentales durante décadas y que acabó calando en la opinión pública.

 

Como fruto de este estado de cosas, hay que reseñar que todos estos hechos, junto con una serie de ataques y atentados contra la comunidad judía francesa, sus bienes y miembros, han provocado un auténtico éxodo, tal como revelaba  una nota publicada en El Sol de México: «Unos 60 mil judíos franceses  —que representan 10% de la comunidad—  abandonaron el país desde el año 2000 debido al creciente aumento del antisemitismo y el aumento de la “inseguridad”. La cifra escalofriante de 55. 049 personas que decidieron hacer la alyah (“regreso” a Israel) fue revelada por el ensayista Pascal Bruckner en la presentación de El nuevo antisemitismo, trabajo colectivo que acaba de salir en Francia».

 

Las luces de peligro también se han encendido en Alemania recientemente tras las declaraciones del encargado contra el Antisemitismo del Gobierno alemán, Felix Klein, quien  desaconsejó llevar la kipá -prenda típica judía-en algunos lugares ante el número creciente de ataques contra la comunidad judía que se registran en el país. Precisamente el responsable de que eso no ocurra, el hombre que tenía que trabajar para no asumir el discurso del odio como algo normal, actúa con una omisión tan irresponsable como claudicante.

 

La pregunta que tenemos que hacernos, una vez asumamos la gravedad de los hechos que relatamos y conocemos, es hasta dónde puede constituir este antisemitismo una verdadera amenaza para la supervivencia de estas comunidades judías. Creo que de cara al futuro, y teniendo en cuenta el pasado trágico y reciente, en que primero los judíos fueron señalados y después atacados hasta el exterminio, es muy importante promover los valores cívicos y ciudadanos, defender la memoria histórica y concienciar, a través de los medios de comunicación y la educación, a las futuras generaciones de los riesgos que entraña este triunfo de la cultura del odio en nuestras sociedades. Porque no debemos olvidar que «el odio fue lo que construyó el camino hacia Auschwitz, y la indiferencia lo que lo pavimentó», tal como señalaba el ensayista Ian Kershaw en uno de sus últimos trabajos.

 

 

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