SEFARAD PARA SIEMPRE

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SEFARAD

Por Ricardo Angoso

Sefarad era y es la patria de los judíos españoles expulsados en 1492 por los Reyes Católicos a través del tristemente conocido Edicto de Granada, una orden firmada el 31 de marzo de 1492 por los  monarcas que obligaba a todos los judíos a convertirse al catolicismo o abandonar los reinos de Castilla y Aragón. Se estima que entre 40.000 y 80.000 judíos abandonaron nuestro país en esa fecha y una buena parte de ellos lo hicieron hacia Portugal, donde fueron expulsados de nuevo en 1496 y mucho convertidos por la fuerza al cristianismo.

Los judíos sefardíes se instalaron en su éxodo en los Balcanes, el Norte del Magreb, el Imperio Otomano, los Países Bajos, Francia, Italia y algunos en las islas del Caribe, principalmente, y los que partían lo hacían con nada en sus manos, ya que sus propiedades, bienes, tierras y viviendas fueron, en su mayoría, malvendidas o expropiadas sin más explicaciones. Tampoco podían sacar del reino oro, plata acuñada, moneda, ni caballos. Se iban casi en la pobreza total, abandonando una tierra que les había dado cobijo y casi todo durante siglos. La vida judía en España se extinguiría de un solo golpe certero, trágico, triste y terrible para los sefardíes, también para nuestro país.

Sin embargo, los sefardíes se llevaban su herencia intangible, es decir, nuestra lengua, sus señas de identidad y muchas de las expresiones gastronómicas, musicales, artísticas y literarias que había nutrido su acervo cultural durante siglos. De nuestro español antiguo, que llevaban y conservaban generación tras generación, nació el ladino o judeoespañol, una suerte de mezcla del castellano medieval con palabras del hebreo, el turco, el griego, el árabe o la lengua del país donde residieran los judíos expulsados.

Muy pronto, una vez asentados y aceptados en sus nuevos destinos, los sefardíes comenzaron a participar en la vida social, cultural, política y económica de las naciones que los habían recibido. Numerosos sefardíes destacaron en el comercio internacional, la imprenta, la medicina, la filosofía, la astronomía y las finanzas, por dar noticia solamente de algunas disciplinas y saberes. El lugar donde ejercieron una gran influencia, por la tolerancia que mostraban los turcos hacia los judíos, fue el Imperio Otomano.  Los principales ámbitos en los que brilló el judaísmo sefardí otomano fueron la política (Joseph Nasi), la filantropía (Doña Gracia), el pensamiento religioso (Samuel de Medina y Hakim Benveniste), la filosofía (Moisés Almosnino) y la literatura en ladino (Jacob Culi).

No en vano, la mayor parte de las grandes comunidades judías se encontraban en los Balcanes ocupados por los turcos, como, por ejemplo, en Monastir (Macedonia del Norte actual), Sarajevo (Bosnia y Herzegovina), Belgrado (Serbia), Bucarest (Rumania), Sofia (Bulgaria) y Salónica (Grecia). Salónica, gran capital sefardí conocida como el “Jerusalén de los Balcanes”, era un auténtica ciudad judía con sus periódicos, escuelas, hospitales, sinagogas y todo tipo de intuiciones sociales, culturales y económicas. Con más de 60.000 judíos en los años treinta del siglo pasado, el Holocausto acabó de una solo golpe con esta rica vida y presencia sefardí en los Balcanes, aniquilando al 95% de su población entre 1941, en que los alemanes ocuparon Grecia y 1943, en que los sefardíes de la ciudad fueron enviados a Auschwitz-Bikernau. Hoy no queda nada de esa presencia porque hasta el gran cementerio judío de la ciudad, con más de 300.000 lápidas de varias épocas, fue destruido con saña criminal por los nazis.

Sefarad no fue un sueño de una noche de verano, o una quimera, sino el anhelo de miles de sefardíes y sus descendientes expulsados de nuestra tierra por reivindicar su herencia, tradiciones, creencias, hábitos culturales e incluso la lengua en un mundo que en un principio les fue ajeno pero que les permitió conservar todo lo que podían haber llevado consigo en su huida sin regreso: el bagaje cultural de toda una época y un periodo histórico único e irrepetible en la historia de España. Sefarad es, en definitiva, nuestra tierra sin judíos hoy, pero donde se percibe, se siente y se respira la esencia y presencia de una ausencia judía.

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