RUTH GLASBERG GOLD, TESTIGO DEL HOLOCAUSTO EN TRANSNISTRIA

RUTH GLASBERG GOLD, TESTIGO DEL HOLOCAUSTO EN TRANSNISTRIA

ENFRENTARSE A LA VIDA SIN OLVIDAR EL PASADO

 

ENTREVISTA A RUTH GLASBERG GOLD

 

 

Ruth Glasberg Gold es, a sus 88 años, un ejemplo de lucha, supervivencia y defensa permanente de la memoria en aras de que el sufrimiento de los suyos y de tantos miles no caiga en el olvido. Padeció el Holocausto en Transnistria y fue testigo en primera persona de las atrocidades, penalidades y el martirio de miles de judíos a manos de los nazis y sus verdugos voluntarios de entonces, los fascistas rumanos. Toda su familia padeció en estos terribles hechos que hoy debemos recordar porque «si nosotros callamos, ¿quién hablará?», como señalaba muy oportunamente el escritor Primo Levi. Aparte de estas consideraciones, Ruth ha dado a conocer uno de los episodios más desconocido del Holocausto: la tragedia de los miles de judíos asesinados durante el Holocausto en Rumania y Transnistria, hechos que hoy se pretenden edulcorar.

 

Es autora de un libro, Ruth,s Journey: a survivor`s memoir (Lágrimas secas, en su edición en español), donde cuenta su historia, y ha trabajado en los últimos años con pasión y firmeza en la defensa del recuerdo de aquellos luctuosos hechos que hoy todavía empañan a la humanidad entera. Su largo periplo tras acabar la Segunda Guerra Mundial le llevó a Rumania, a la Unión Soviética, a Chipre, a Israel, a Colombia y, finalmente, a los Estados Unidos, donde vive actualmente en la ciudad de Miami.

 

EL ANTISEMITISMO EN LA RUMANIA DE ENTREGUERRAS

Ricardo Angoso: ¿Podría contarnos algo de su historia y de dónde procede?

Ruth Glasberg: Tenía yo siete años cuando tenebrosas nubes negras ensombrecieron nuestra placentera existencia, concretamente corría el año 1937. Por primera vez en mi vida, oí la palabra antisemitismo. A pesar de que mi padre me explicó que significaba odiar a los judíos, me fue difícil comprender sus implicaciones. Sin embargo, día a día esta palabra empezó a sonar de manera cada vez más ominosa.

 

Rumania es un país de tradición antisemita profundamente arraigada. A lo largo de su historia se esgrimieron consignas enardecidas, tales como «los judíos están desangrando a nuestro país» y «los judíos beben la sangre del pueblo» para desviar la atención popular del verdadero descontento debido a dificultades económicas y las pérdidas territoriales que tuvieron lugar a lo largo de su historia. Hubo períodos de mayor indulgencia, gracias a la presión diplomática ejercida sobre los rumanos para que trataran mejor a los judíos. Los movimientos fascistas alcanzaron su mayor auge apenas hacia el final de la década de los treinta. Existía en Rumania la Guardia de Hierro, llamada también el Movimiento Legionario, un partido de corte nazi, al cual la Gestapo proporcionaba armas y dinero y enseñaba los métodos nazis de genocidio. Además, el gobierno Goga-Cuza, con una plataforma antisemita, construyó los cimientos para la persecución de los judíos rumanos.

 

De niña, yo escuchaba a los adultos susurrar los nombres Goga-Cuza, como si sólo pronunciar las palabras provocara algún efecto nefasto. En realidad este fue el primer gobierno declaradamente antisemita impuesto por el rey Carol II, encabezado por el poeta Octavian Goga y el veterano antisemita Cuza. A pesar de que duró apenas unos cuantos meses, las semillas de odio brotaron con la velocidad del rayo e intoxicaron las mentes de las masas. Sus seguidores continuaron la misma opresión sistemática de los judíos, aspirando a la eventual destrucción de la tercera mayor población judía de Europa, que era la de Rumania.

 

EL OMINOSO PACTO GERMANO-SOVIÉTICO

R.A.: ¿Cuándo empezaron a complicarse las cosas para ustedes?

R.G.: En 1939 tuvieron lugar algunos desarrollos políticos bizarros. Los ministros de relaciones exteriores, Joachim von Ribbentrop, de Alemania, y Viacheslav Molotov, de la extinta Unión Soviética, firmaron un pacto que contenía un acuerdo secreto de devolver Besarabia a la soberanía soviética. Un año más tarde, cuando los soviéticos ocuparon ese territorio, reclamaron también Bucovina del Norte, que incluía a nuestra ciudad, Czernowitz, su capital. Ya la Segunda Guerra Mundial había comenzado.

 

Al comienzo, este pacto germano-ruso trajo algunas esperanzas a algunos y sentimientos ambivalentes a otros. Los ricos temían ser deportados a Siberia, los pobres le dieron la bienvenida con la ilusión de una vida mejor, y la clase media, mientras tanto, estaba indecisa. Para nosotros, algo positivo que podíamos esperar era que no seríamos discriminados por ser judíos.

 

El nuevo orden, llamado comunismo, obligó a muchos capitalistas a huir hacia la vieja Rumania, a Palestina y a otros países. Otros se quedaron con la esperanza de que nada cambiaría. Pero las cosas cambiaron y lo hicieron rápidamente.

 

Prudentemente, algunos rumanos, alemanes étnicos y judíos que vivían en territorios en disputa, decidieron abandonar el área antes de la llegada de los soviéticos. Fue triste ver el éxodo de gente en medio de una atmósfera de incertidumbre y miedo. Yo experimenté el primer dolor de las separaciones cuando algunos miembros de mi familia abandonaron la ciudad de una forma que casi implicaba una despedida para siempre.

 

Una vez que salió el ejército rumano, entró el ejército rojo, los soviéticos, es decir. Llegaban en camiones, en ruidosos tanques y a pie, enarbolando banderas rojas y consignas. Algunos espectadores les aclamaban y lanzaban flores a los soldados que marchaban cantando. Había en las calles multitudes de adultos y curiosos juguetones como yo. Para mí, como para cualquier niño de diez años, un desfile constituía un espectáculo alegre, una expresión de felicidad. Me impresionaron los sonrientes y amables soldados. Era un sentimiento tranquilizador después de un año de ansiedad.

 

Pero el cambio de un sistema capitalista a uno comunista tuvo sus desventajas, pues automáticamente eliminó todas las empresas privadas, lo que dio como resultado desempleo y austeridad. Pronto siguió la desilusión y la depresión. Los intelectuales y los ejecutivos debieron contentarse con el trabajo que pudieran conseguir para sobrevivir, tal como le pasó a padre que tuvo que dedicarse a trabajos manuales para ganarse la vida.

 

R.A.: Después de la llegada de los soviéticos las cosas cambiaron súbitamente a peor, ¿no es así?

R.G.: Un año más tarde de la llegada de los soviéticos a nuestros territorios, en 1941, el ejército alemán atacó de repente y sin previo aviso a la Unión Soviética, a pesar del pacto de no agresión que los dos países habían firmado.

 

El general Ion Antonescu, dictador fascista rumano, prometió total lealtad a Hitler. Como nuestra región hacía ahora parte de la Unión Soviética, nos encontramos en el camino del plan secreto de invasión, cuyo código era Barbarroja. Entre los primeros blancos estaban Besarabia, Bucovina, donde vivíamos nosotros, y Ucrania. Antonescu ordenó a su ejército atravesar el río Prut el 21 de junio de 1941, fecha que coincidía con el día que yo cumplía once años. En lugar de celebrar mi cumpleaños como cualquier niña, permanecí todo el día en refugio antibombas.

 

El Eje comenzó a bombardear nuestra ciudad. Teníamos que cubrir las ventanas de manera que la luz no se filtrara hacia afuera y, como además se rumoreaba que tirarían bombas envenenadas, algunas personas, incluyendo a mi familia, compraron máscaras de gas.

 

LOS RUMANOS ATACAN A LOS SOVIÉTICOS Y OCUPAN BUCOVINA

R.A.: ¿Y qué sucedió después de ese ataque de los rumanos contra los soviéticos?

R.G.: Dos semanas después del ataque inicial de los rumanos, en julio de 1941, miembros de la vanguardia rumana entraron en nuestra ciudad; atacaron, saquearon y asesinaron a miles de judíos. A la mañana siguiente, el 6 de julio de ese mismo año, entraron los escuadrones de la muerte o Einsatzgruppen y terminaron el trabajo. Estos salvajes nazis ejecutaron a cuanto judío encontraron. Al cabo de veinticuatro horas, más de dos mil habitantes de nuestro pueblo habían sido asesinados.

 

El pánico invadió cada fibra de nuestros cuerpos. La gente permanecía escondida en sus casas ante el temor de ejecuciones esporádicas.

 

Cuando se había calmado un poco la barbarie inicial, se dictaron un alud de decretos, todos dirigidos a los judíos. Primero, el uso obligatorio de la estrella de David amarilla, seguido de retirar el acceso a ciertos empleos, la prohibición de asistir al colegio, de reunirse en grupos en la calle y de permanecer fuera de casa al atardecer. Estas humillaciones eran difíciles de manejar, pero la prohibición de ir al colegio era la peor para mí. Luego, comenzaron a hacer redadas de miles de judíos y de seleccionar a los jóvenes para trabajos forzados. Los mayores eran llevados a estaciones de policía, o comisarías, donde eran golpeados, torturados y mantenidos durante días sin agua ni alimento alguno. Además del ejército y la policía, una horda de rumanos con sed de riquezas llegó como un enjambre para enriquecerse saqueando las propiedades de los judíos. Acertadamente se les llamó a esos rumanos «los de la fiebre del oro».

 

Luego llegó la noticia más macabra: ¿toda la población judía de Milie había sido masacrada! Ese pequeño pueblo había tenido un gran significado para mí y allí había pasado algunos de los mejores momentos de mi infancia. El portador de esta nueva tragedia fue el primo de mi madre, Yona Izthac. Milagrosamente logró escapar de Milie y de alguna manera llegó hasta Czernowitz, donde fue detenido por los gendarmes rumanos y llevado a la prisión por la calle del edificio de tía Anna. Con voz entrecortada y desesperada, le alcanzó a gritar hacia la ventana del cuarto piso «¡Anna, Anna, todos fueron asesinados, todos fueron asesinados!», antes de que se lo llevaran los soldados. De esta manera nos enteramos de la trágica suerte que había padecido el pueblo de Milie. Más tarde nos horrorizamos aún más cuando supimos que todos nuestros amigos y familiares habían muerto, no a manos de los soldados, sino de sus coterráneos, con quienes habían vivido durante años en perfecta armonía.

 

OBLIGADOS A VIVIR EN GUETOS

R.A.: Después de esos trágicos acontecimientos, ¿qué fue lo que ocurrió?

R.G.: En octubre de 1941, el gobernador de Bucovina decretó la instalación de un gueto, a solo unas cuantas cuadras de nuestra calle. En el curso de las siguientes veinticuatro horas, cincuenta mil judíos fueron enviados allí, evacuados de sus hogares con lo que podían llevar en sus manos y espaldas. Todo el área fue rodeada de alambre de púas, y había soldados haciendo guardia a las puertas día y noche. Había que visualizar un perímetro, en él cabían diez mil personas, albergando ahora a cincuenta mil, además de la población cristiana que vivía allí.

 

Mis padres se vieron obligados a la formidable tarea de hallar un sitio para instalarnos en medio de la aglomeración de las viviendas en las que hasta cincuenta personas compartían una habitación. Quienes no lograban acomodarse, se veían obligados a dormir en buhardillas, sótanos y, en casos extremos, en la calle.

 

Luego de una exhaustiva búsqueda, encontramos un lugar en una vivienda sin las condiciones de higiene adecuadas. Debíamos compartir una habitación con otras tres familias. Era casi imposible conseguir comida. El gueto no era solamente un sitio donde nos obligaban a vivir en condiciones inhumanas y desesperadas; era también un centro de transición del cual miles de personas eran desterradas hacia Ucrania cada día. Nosotros vivimos primeramente en el gueto y después fuimos trasladados a nuestro antiguo apartamento de nuevo, donde más tarde nos deportaron en las famosas marchas de la muerte de Transnistria.

 

DEL GUETO A LAS MARCHAS DE LA MUERTE Y LOS CAMPOS

R.A.: ¿Cómo acabó finalmente toda su familia en los campos de la muerte?

R.G.: Apenas unas semanas de estar en el gueto, en noviembre de 1941, los soldados golpearon a nuestra puerta, maldiciendo y gritando obscenidades. Nos ordenaron salir del apartamento y dirigirnos a la calle. Con las mochilas sobre nuestras espaldas y algún equipaje en las manos, dejamos nuestro hogar para siempre.

 

Aterrorizada, observé silenciosamente el pandemonio en las otrora tranquilas y conocidas calles de mi infancia. Entre despiadados empellones la gente venía en tropel en estado de pánico, gritando, mientras los caballos relinchaban y se alteraban ante una situación claramente trágica.

 

Antes de darnos cuenta, ya estábamos atrapados en medio de ese caótico destierro: humanos de todas las edades y orígenes sociales, mujeres cargando en brazos sus sollozantes bebés, gente enferma ayudada por niños, ancianos encorvados con sus espaldas cediendo el peso de sus mochilas. Otros luchaban con pesados bultos. Algunos hasta empujaban carretillas cargadas con sus objetos de valor y baratijas escondidas entre ropa de cama sobre la cual colocaban bultos de ropa amarrados apresuradamente con cuerdas. A cambio de un pago, algunas carretas tiradas por caballo transportaban el equipaje y a los pasajeros a través de ese mar de almas angustiadas.

 

Mis padres me colocaron en lo alto de uno de esos carros llenos de equipaje. Desde allí, yo podía mirar la inmensa caravana que, lo supe después, contenía unas dos mil personas. Al oír los llantos de los mujeres y los bebés, así como los gritos de Shemah Israel (Escucha, oh Israel), un rezo judío que suele cantarse en las más horrendas circunstancias, comencé a percatarme de lo que estaba sucediendo. Me daba la impresión de un grotesco cortejo fúnebre…el nuestro. Había escenas desgarradoras de familias que se separaban, llantos que alcanzaban un tono atormentador, y lamentos semejantes, a los de un animal capturado.

 

En medio de esa angustia y confusión, un pensamiento atravesó mi mente: ¿cómo podían nuestros amigos y vecinos rumanos o alemanes volvernos la espalda? ¡Algunos hasta colaboraban con los fascistas! (en ese momento yo no sabía que muchos no habían apoyado el sistema, no colaboraron, y que algunos llegaron a poner sus vidas y posiciones en peligro al ayudar a judíos a esconderse o escapar).

 

Los soldados condujeron la caravana hasta una vía férrea que no era la estación principal. Allí nos esperaba, con las puertas abiertas, un tren de aproximadamente treinta vagones, normalmente destinados para el transporte de ganado. Alrededor, toda el área se encontraba inundada de policías y soldados blandiendo sus bayonetas y gritando con sorna: «¡Hace un año le dieron la bienvenida a los comunistas! ¡Por esa traición Transnistria recibirá su recompensa!».

 

Al principio no podía creer que esos vagones nos estaban destinados. Pero no había tiempo para pensar, ya que los soldados nos gritan sin cesar que subiéramos a bordo.

 

Subimos a bordo y llenamos un vagón, diez, veinte, treinta…Y más, y más, hasta que no hubo espacio. Estaba tan atestado que sentíamos que nos sofocábamos. Debíamos ser ochenta personas apretujadas como animales en una jaula. Yo sujetaba la mano de mi padre en absoluto silencio. Quería llorar y decir algo, pero el miedo devoraba mi alma y no acerté a decir nada.

 

R.A.: ¿Qué fue lo más terrible que padeció en esta dura experiencia? ¿Cómo logró sobrevivir a estas trágicas experiencias?

R.G.: Lo más terrible fue ver morir a toda mi familia, a mi papá, a mi madre y también a mi hermano sin poder hacer nada, absolutamente impotente. Pero también sin lograr entender cómo Dios nos había abandonado a nuestra suerte sin poner fin a un episodio trágico y al mismo tiempo dramático.

A la edad de once años, corría enero de 1942, quedé sola en el mundo tras fallecer toda mi familia en unas condiciones terribles por el trato que nos dieron nuestros verdugos. Con mucho cuidado, y con la ayuda de otros sobrevivientes de este horror, reconstruí las fechas de las muertes de los míos en los calendarios hebreo y cristiano, de modo que pudiera conmemorar sus aniversarios en caso de sobrevivir, lo que no parecía probable.

 

Pronto caí presa de la terrible enfermedad del tifus, lo que provocó que flotara entre la conciencia y la inconsciencia. A veces no entendía o no reconocía a las personas. Oía murmullos, sin poder armar una frase. Veía sombras y percibía ambientes de una manera real y fragmentada.

 

SOBREVIVIR AL HOLOCAUSTO

R.A.: A pesar de todos esos sufrimientos y duros avatares, logró sobrevivir e incluso vivir para contarlo, ¿creo que pasó incluso por un orfelinato terrible después de quedar huérfana?

R.G.: Me tocaba vivir la vida que temía: la vida de una huérfana de padre y madre. El único orfanato que conocía era uno en Czernowitz, que visité cuando tenía siete años. Mis tías pertenecían a una organización sionista de mujeres que atendía a las necesidades de los niños durante la guerra. Un día me llevaron a ver una presentación organizada por los huérfanos. Me dijeron que eran niños que no tenían padre, que vivían juntos en un gran edificio, y eran cuidados por personas extrañas. Mi empatía con esos almas creció hasta convertirse en obsesión. Me imaginaba a mí misma en esa misma situación: sin padres, sin un hogar, sin un abrazo, sin besos y, sobre todo, sin amor. La idea me hacía temblar y rezaba para que nunca me pasara a mí; prefería morir que vivir así.

 

Y sin embargo, aquí estaba, en ese orfelinato llevada de la mano hacia ese terrible destino. Me sentía como si me hubieran sentenciado a pasar el resto de mi vida en prisión. De la mano de la señora Sattinger, que me estaba ayudando, caminé unas cuadras hasta mi nuevo «hogar». No tenía equipaje, sólo la ropa que llevaba puesta -una falda marrón, rota, una blusa, un abrigo marinero azul oscuro con botones dorados -y en mi mano libre, mi única herencia: un tenedor, un cuchillo y una cuchara de plata. Esas eran todas mis pertenencias para iniciar mi nueva vida ya sin mi familia.

 

EL FINAL DE LA PESADILLA FASCISTA

R.A.: ¿Cómo acabó toda esta pesadilla que vivió?

R.G.: A medida que las fuerzas del Eje se retiraban, el ejército Rojo avanzaba dentro de Rumania. Los ataques aéreos se convirtieron en eventos diarios, por lo que teníamos que descender a los refugios antibombas. A pesar de que ahora se trataba de ataques soviéticos, golpeaban de manera indiscriminada e intensa. En vista del peligro que esto representaba para los niños, decidieron evacuarnos al centro de Rumania. Nuestros guardianes nos separaron en varios grupos pequeños y nos enviaron a diversas ciudades. Algunos niños fueron afortunados y fueron a Bucarest, pero yo estaba entre los que fuimos para Buzau, en el centro del país.

 

La comunidad judía de ese lugar no estaba organizada ni preparada para nuestra llegada. Nos alojaron en una sinagoga donde treinta o cuarenta niños tenían que dormir en pisos cubiertos con colchones de paja. La comida era escasa y no tenía sabor alguno; las cosas mejoraron más adelante cuando nos llevaron a otra casa vacía más confortable.

 

Más tarde, en el verano de 1944, los soviéticos finalmente tomaron la ciudad, sin mayor resistencia por parte de los rumanos. Reinó la anarquía. Los soldados rusos irrumpieron en muchas casas, rompieron ventanales de almacenes y los saquearon. Buscaban, más que todo, comida y licor, que no habían tenido durante meses de batallas. Los habitantes locales se escondían en sus casas o sótanos por miedo a los invasores.

 

Como la mayoría de los huérfanos hablábamos ruso, los judíos de la ciudad aprovecharon esto y nos utilizaban como intérpretes a cambio de comida y alojamiento. Irónicamente, las mismas familias que anteriormente se negaron a recibir a un huérfano, vinieron a rogarnos que nos quedáramos con ellos, ahora que su propiedad estaba en peligro.

 

VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE

R.A.: ¿Cómo vivió el fin de la guerra, la derrota de los alemanes en definitiva?

R.G.: El 7 de mayo de 1945 amaneció con gritos de «¡Pobeda, Pobeda!» (¡Victoria!). Los altavoces de la plaza mayor de la ciudad donde vivía emitían a todo volumen la tan esperada noticia de la llegada del día de la paz. La gente salió a las calles gritando, cantando y bailando de alegría. Yo participé en el júbilo, y me alegró la victoria. Pero al mismo tiempo sentí un enorme vacío que impidió el libre fluir de pura felicidad.

 

Aún hoy en día, ese patrón parece repetirse. En momentos de dicha, parece que se dispara una alarma para recordarme que mis seres queridos no están aquí para gozarlos; por ese motivo, me siento más triste y sola en vacaciones y días festivos. A pesar de que me encantan las fiestas, me hacen sentir solitaria. Y aunque proyecte una fachada alegre, a menudo lloro por dentro.

 

Generalmente se considera que los sobrevivientes fueron afortunados, pero en realidad, el haber sobrevivido es a veces una carga, llena de culpa y recuerdos atroces que son imborrables. Se trata de un sentimiento de no pertenencia, de no tener raíces, ni familia y, en mi caso, guardando el secreto de estar parcialmente muerta o no totalmente viva.

 

LA SALIDA DE LA UNIÓN SOVIÉTICA

R.A.: ¿Cómo logró salir de la Unión Soviética y abandonar para siempre la Bucovina, su tierra natal?

R.G.: La Unión Soviética dejó que todos los ciudadanos rumanos pudieran trasladarse a Rumania sin problemas. El 12 de abril de 1946 entramos en la Rumania comunista como uno de los últimos grupos a quienes se les permitió abandonar la Unión Soviética. Miles y miles de judíos del norte de Bucovina, ahora ocupada de nuevo por la Unión Soviética, habían entrado a Seret desde 1945, creando un serio problema de vivienda y escasez de comida.

 

Esa gente, en pésimas condiciones económicas, se volvió molesta para los rumanos. Para librarse de esa carga, el gobierno optó por ignorar a quienes escapaban por las fronteras orientales hacia Hungría y Yugoslavia. Yo seguía con mi idea de irme hasta Palestina. Pero era complicado establecer contacto con las redes clandestinas del Mossad L´Aliyah Beit, la organización responsable de la emigración (no confundir con el nombre del actual servicio secreto de Israel). Mientras tanto, los refugiados tenían que sobrevivir con sus escasas reservas o depender de la seguridad social, que era prácticamente imposible de conseguir. Quienes lograban huir, eran llevados por emisarios de la organizaciones de la bericha (escape) hacia campos de personas desplazadas en Alemania, Austria e Italia, desde donde eran eventualmente llevados a Palestina.

 

R.A.: Después, desde Rumania marchó a Palestina, más tarde a Israel, ¿cómo lo logró?

R.G.: En el año 1946 Palestina estaba aún bajo el Mandato Británico. El gobierno de Su Majestad estaba preocupado por el colapso de la ley y el orden entre las comunidades árabe y judía a raíz de la afluencia de sobrevivientes del Holocausto durante la posguerra. Alegando que los judíos habían agotado su cuota anual en diciembre de 1945, los británicos permitían la inmigración de sólo unos cuantos al mes.

 

Por ese tiempo, Europa estaba llena de campos de desplazados, ocupados más que todo por sobrevivientes del Holocausto y algunas organizaciones sionistas que esperaban viajar a Palestina. Las cifras sobrepasaban de lejos la limitada cuota. Debido a esas circunstancias, la Agencia judía formó una organización llamada Beicha (escape) que se infiltraba en los campos de Italia, Alemania y Francia, y trabajaba astutamente por detrás del escenario para organizar la inmigración ilegal.

 

Los miembros del grupo L`Hagshamah -que era una comunidad de jóvenes sionistas que preparaba el traslado de judíos hacia Palestina- al que pertenecía, se encontraban entre los miles que se aventuraban a tan arriesgada empresa. Nuestras actividades estaban cubiertas por el silencio y callados e interminables rumores. Salimos de Rumania en tren hacia Yugoslavia; de allí, debíamos seguir en barco hacia Palestina y los dos viajes debían ser clandestinos. Desafortunadamente tuvimos que acallar nuestro alborozo por miedo a que nos descubriera la policía de la frontera. Yo entré en pánico ante la idea de otro retén, pero cruzamos la frontera a Yugoslavia sin incidente alguno. Sin embargo, me pude tranquilizar sólo cuando descendimos del vehículo en Belgrado. Después de haber cruzado tantas fronteras en cuatro años, confiaba en que esta fuera la última que atravesara en Europa. Me iba a embarcar hacia un continente diferente.

 

Un convoy nos esperaba para transportarnos hacia Zagreb. Desde los camiones en marcha que velozmente nos conducían hacia un campo de tránsito, escasamente vislumbramos estas dos bellas ciudades. Pero éramos parte de una operación secreta. Finalmente llegamos al campo de refugiados en las afueras de Zagreb, que era una suerte de Torre de Babel compuesta por decenas de nacionalidades y lenguas diversas. Hacía frío. Pero nuestro entusiasmo por la emigración era tan grande que soportamos el caos y la miseria temporal con optimismo.

 

Unas semanas más tarde de nuestra llegada a Yugoslavia, llegó la buena nueva de que nuestro turno para partir finalmente había llegado. Era la esperada hora de la verdad; la emigración a nuestra patria, por fin.

 

RUMBO A PALESTINA

R.A.: ¿Cómo fue ese viaje desde Yugoslavia hasta Palestina?

R.G.: Nuestro barco se llamaba Rafiaj. Tanto la tripulación como el barco eran de origen griego, pero los encargados de los emigrantes eran los Mossadniks, por lo general, muchachos jóvenes de los kibbutzim, idealistas que llevaban a cabo una labor muy peligrosa y patriótica. Era un barco de carga, de pescado, que no era adecuado para los humanos, sino para los pescados de la mar.

 

Fuimos conducidos a compartimentos sin ventilación ni claraboyas. Todo el espacio estaba copado por dos pisos de plataformas de tablones de pared a pared, sobre las cuales teníamos que apretujarnos como sardinas, con solo la altura para permanecer acostados. Yo tuve que rodar horizontalmente para entrar y compartir espacio con decenas de mujeres. Era imposible sentarse y para empeorar las cosas, los baños quedaban en la parte superior; llegar a ellos representaba una empresa. Cuando toda esa carga humana había sido empacada en estas «lujosas cabinas», el barco arrancó con un espantoso rugido y una horrible expulsión de combustible. El olor me causó náuseas al instante. La sobrecargada nave se mecía inmisericordemente y la mayoría de los pasajeros, yo incluida, nos mareamos. Pero lo peor todavía no había llegado.

 

Una tarde, durante la travesía de ese barco rumbo a Palestina, fui arrancada de mi sueño por atronadores y crujientes ruidos, que sonaban como árboles cayendo a tierra. El ruido se acrecentó y fue seguido de gritos histéricos. «¡Socorro! ¡Auxilio!», como ecos que emanaban de cientos de voces.

 

Me levanté al instante. Aún confundida entre el sueño y la realidad, quedé petrificada al ver una gigantesca roca surgiendo tras los barandales. Alrededor del barco saltaban altas, salvajes olas de un mar enfurecido. Las marejadas salpicaban sobre la cubierta. Anodada, yo miraba a los pasajeros que corrían y gritaban sin rumbo.

 

Por encima de ese caos, surgió una voz desde un altavoz:»¡Atención, atención! Hemos chocado contra una roca ¡Conserven la calma, conserven el orden!». Oí sólo a pedazos las órdenes que nos dieron a continuación: debíamos saltar a tierra cuando las olas acercaran el barco a la costa.

 

Pasajeros histéricos salían a gatas de las bodegas y abarrotaban la cubierta, empujando, dando empellones y gritando. Saltaban del barco para salvar sus vidas. Los afortunados que se hallaban sobre la cubierta y podían llegar al barandal, brincaron primero para salir del barco. Yo, finalmente, salté también hacia la isla con la que habíamos chocado.

 

Mientras tanto, ya fuera del barco, pude contemplar como el mar devoraba a toda velocidad a la pequeña y vetusta embarcación. Después de unos escasos veinte minutos, los valientes que la sostenían tuvieron que soltarla. No había ya nada que hacer. Con ella se hundieron algunas almas y las magras pertenencias de todos los emigrantes, aunque nuevamente había tenido suerte y me había salvado de ese naufragio.

 

R.A.: Después del naufragio del barco que les llevaba a Palestina, ¿que sucedió?

R.G.: Nos rescataron los ingleses pero muy pronto sospechamos que algo iba mal y que realmente no iríamos a Palestina. Un poco más tarde de iniciar de nuevo el viaje nos informaron que podríamos no estar yendo rumbo a Haifa, después de todo, sino a la isla de Chipre. ¿Chipre? ¿Qué y dónde era? Pocos habían oído hablar de ese lugar. Un corto reporte siguió; su efecto sobre el ánimo de todos fue abrumador. Nos explicaron que los campos de Chipre habían sido abiertos a comienzos de 1946 por el Mandato Británico de Palestina para internar en ellos a todos los emigrantes judíos ilegales. Más tarde serían liberados, siguiendo la premisa «el primero en llegar será el primero en partir», en grupos de mil quinientos, de acuerdo a la cuota legal de entrada.

 

La multitud perdió todas sus esperanzas y enfureció. Yo personalmente me negué a aceptar ese horrible destino. Por vez primera, la rebelde que había en mí estaba lista para pelear. Por otra parte, la niña asustada que también había en mí oraba en silencio para que no se repitiese de nuevo otra humillación en mi vida.

 

Fuimos llevados, finalmente, a esos campos de Chipre. Puesto que la guerra había terminado, y también la aniquilación nazi de la raza judía, la existencia de un campo de detención para judíos por el hecho de querer ir a su patria era incompresible. A pesar de que los ingleses no pretendían matarnos ni perseguirnos, eran nuestros opresores. En Chipre pasaríamos unos cuantos meses antes de partir hacia Palestina.

 

R.A.: ¿Recuerda el día que partió hacia Palestina y el viaje?

R.G.: Lo que sí recuerdo es la fecha del 29 de diciembre de 1947, cuando un líder de la Emigración Juvenil vino a llevarnos al punto de encuentro para todos los menores de dieciocho años. De allí fuimos llevados en camiones hasta Famagusta.

 

Luego, antes de montar en el barco que nos esperaba para salir de Chipre, nos dieron un certificado azul, emitido por el Departamento de Inmigración Judía para Palestina. Nuestro pasaporte hacia la libertad.

 

Un amigo y yo, que éramos de los últimos en salir de Chipre, compartimos cabina durante el viaje. Yo no podía creer que de verdad estuviera camino hacia la tierra de Israel. El miedo a algún contratiempo de última hora se agazapaba en mí, pero al mismo tiempo casi no podía contener la emoción, aunque a veces era agridulce. Un sueño se volvía realidad.

 

EL SUEÑO CUMPLIDO DE ISRAEL

R.A.: ¿Cómo fue su llegada a Palestina?

R.G.: El 1 de enero de 1948, poco antes del amanecer, después de una travesía tranquila, nuestro barco se aproximó a las costas de Palestina. La coincidencia o el destino hicieron realidad mi sueño justo a tiempo, en el día del nuevo año.

 

Era una mañana fresca y brumosa, y a lo lejos distinguimos la silueta lejana del monte Carmelo. Haifa reposaba dormida bajo un sedoso manto de niebla, como una hermosa novia esperando que su amado levantara su velo. A medida que el barco se abría camino en el muelle, el calor del sol despejaba la niebla y la ciudad, construida en tres niveles, parecida a San Francisco, se nos presentó con el más impresionante esplendor.

 

Los niños, excitados, se agolparon sobre la cubierta, anticipando el momento tempestuoso. Ahogadas de emoción, mi acompañante y yo nos abrazamos, incapaces de pronunciar palabra alguna. Dentro de poco estaría libre, en la tierra de mis antepasados -mi nueva patria. No más campos, no más persecuciones, no más guerras. Estaba en casa.

 

Inmediatamente después de desembarcar y cumplir con algunas formalidades, abordamos unos camiones que nos llevaron a un área de campos abiertos en Haifa. De nuevo, mi corazón se encogió al ver enormes carpas en la mitad de la nada, otra vez en un campo de transición. Allí fuimos instalados a nuestra llegada a Palestina.

 

R.A.: ¿Cómo fue el nacimiento de Israel?

R.G.: El 14 de mayo de 1948 la radio La Voz de Israel anuncio: «Proclamamos el establecimiento del Estado judío en Palestina que se llamará Israel. Extendemos una mano de paz a todos los estados vecinos y a sus gentes y los invitamos a cooperar». El anuncio fue largo y emotivo; tocó todos los aspectos de la historia judía, el sufrimiento, la persecución que culminó con el exterminio de seis millones de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Las tumultuosas celebraciones llegaron a su fin cuando toda la nación se tuvo que preparar contra una repentina ofensiva árabe. Declarando falsas victorias mientras juraban lanzar a los judíos al mar, los árabes enviaron bombarderos a destruir las ciudades del nuevo estado, y Jerusalén estaba sitiada mientras se llevaban a cabo fieras batallas en el corredor que conducía la ciudad. La mayoría de los árabes que vivían en territorio israelí huyeron hacia Jordania. Los británicos abandonaron sus cuarteles, y le abrieron camino a las fuerzas armadas israelíes.

 

Pocos meses después de iniciada la sangrienta lucha, las invasiones árabes fueron detenidas por la unidad de élite llamada Palmaj, con la ayuda de los actos heroicos de muchos de los nuevos pobladores de las colonias, los kibbutzim. Eventualmente las Naciones Unidas efectuaron una tregua temporal, que dio a nuestra nación una pausa para respirar. Apenas en septiembre de 1948, después de lograr una segunda tregua, se nos permitió establecernos en un terreno en las colinas de Judea, otorgado por el Fondo Nacional de Judea, y comenzamos a construir nuestro nuevo hogar.

 

DE ISRAEL A COLOMBIA, EL GRAN CAMBIO

R.A.:Finalmente, se casó con alguien procedente de Colombia y vivió allá. ¿Qué recuerda de esa experiencia?

R.G.:Catorce años en Bogotá no fueron exactamente un paraíso. Tenía más comodidades que nunca, pero extrañaba Israel y los lazos emocionales con mi familia y amigos. La adaptación a un idioma más, el español, que aprendí solamente por fonética, a otro país y a su cultura, me obligaban reinventar mi propio yo. Me sentía completamente desarraigada de nuevo y eso incrementó mi añoranza por volver a Israel, pero mi marido no quería ni oír hablar de ello. La nostalgia se apoderó de mí.

 

Mi matrimonio no fue lo que yo esperaba, principalmente por las diferencias entre mi marido y yo. Mi marido, Salo, a pesar de ser una persona honesta y trabajadora, carecía de calidez y compasión; era posesivo y poco emotivo. Yo, por el otro lado, tendía a ser demasiado sensible y añoraba atención, especialmente en ese ambiente nuevo y desconocido. Pero sobre todo, me hacía falta la enfermería -que era la profesión que había aprendido y en la que había trabajado en Israel- y la independencia social y financiera que me había proporcionado en el pasado.

 

La abrupta transición de un Israel altamente socializado a una Colombia subdesarrollada y capitalista fue difícil, al igual que el flagrante contraste entre las clases sociales. Las residencias opulentas al norte de Bogotá chocaban grotescamente con las chozas de metal o de cartón al sur.

 

Lo peor era ver a los niños sin hogar, pidiendo limosna, durmiendo en portones, cubiertos de papel periódico para protegerse de las frías noches bogotanas. Era especialmente impactante encontrarlos a la salida de un cine o de un restaurante.

 

ESTADOS UNIDOS, EL FINAL DEL CAMINO

R.A.: Acabó en Estados Unidos., ¿cómo fue su viaje hasta allá?

R.G.: Nunca me adapté culturalmente a Colombia. El 1 de agosto de 1972, tras hacer nuestros trámites para obtener la visa, llegamos a Miami, Estados Unidos, como nuevos inmigrantes. Una vez más, era un sueño hecho realidad. Era mi quinto país, mi cuarto continente, y aún teniendo cuarenta y dos años, estaba llena de expectativas para una nueva vida. Escogimos Miami por su proximidad con Colombia y porque la conocíamos por visitas anteriores. A mí me gustaba la democracia y la libertad del país, pero me sentía especialmente a gusto en Miami, con su mar, el clima cálido y la vida sin complicaciones. Los niños -ya había tenido dos hijos cuando emigramos a los Estados Unidos- y yo estábamos contentos en nuestra nueva patria, pero mi marido no. Viajaba cada dos meses a Colombia, y cada vez que llegaba a Miami trataba de persuadirnos para que volviéramos. Alquilamos una casa amoblada y matriculamos a los niños en colegios públicos. Cuando estábamos ya instalados, mi marido volvió a Bogotá, y los niños y yo comenzamos una nueva vida. Los niños se adaptaron pronto y yo decidí en mi nueva vida comenzar una aventura empresarial abriendo un pequeño negocio.

 

R.A.: Creo que incluso regresó en tiempos de la perestroika a su la Bucovina ¿puede contarme esa experiencia?

R.G.: El 2 de junio de 1988, acompañada por mis primos americanos, Rita Farrel y Al Katz, me embarqué en una travesía hacia mi pasado. Era mi primer viaje detrás de la Cortina de Hierro en más de cuarenta años.

 

Nuestra primera parada era Bucarest, Rumania. Bucarest estaba tenebrosa y deprimente; por todos los lados se podía percibir el régimen opresivo de Ceausescu. Los almacenes tenían poca mercancía, toda de mala calidad; tiendas comestibles exhibían algunas latas de remolacha, repollo y sardinas. Radicalmente cambiada, la ciudad ya no poseía elegantes bulevares bulliciosos con gente bien vestida. El regocijo y el ánimo desaparecieron, sólo se escuchaba el imperante murmullo «¿dólares para cambiar?».

 

Después de estar unos días en la deprimente Bucarest, emprendimos un viaje de doce horas hasta Czernowitz. El tren, que salió de Sofía, estaba repleto de búlgaros, rumanos y rusos, sobre todo campesinos sobrecargados de bultos y canastas. Los vagones apestaban, estaban sucios y no eran del todo lo que se esperaría para los estándares occidentales.

 

R.A.: ¿Qué impacto tuvo el reencuentro con la ciudad de su infancia?

R.G.: Encontré la ciudad muy cambiada, Czernowitz, pero pese a todo tuve la ocasión de encontrar muchas tiendas y cafés que solía visitar con mis padres; muchos se parecían a como lucían originalmente pero sin el mismo espíritu. Mirando hacia atrás con nostalgia mi desvanecida niñez, recordé los pequeños placeres que esa ciudad ofrecía. Una imagen recordada provoca otra y otra, y todas contenían el encanto de tiempos más felices.

 

Esta era, en suma, mi ciudad adorada, y todavía albergaba un fuerte sentimiento para con ella, a pesar de los cambios. ¿Hay algo malo en amar a mi ciudad natal, mi país natal, tras haber sido cruelmente deportada de éste? Para entonces había vivido en una multitud de lugares pero Milie y Czernowitz son aquellos donde está mi corazón y donde mis raíces son más profundas.

Si quieres leer más sobre el Holocausto en Transnistria, pincha aquí:

https://www.mundojudio.com.co/wp-content/uploads/2020/11/HOLOCAUSTO-EN-TRANSNISTRIA.pdf

Nota del autor: Ruth Glasberg actualmente vive en Miami, Florida, Estados Unidos, y tiene dos hijos, una hija enfermera, en Israel y otro hijo, médico, en el mismo país donde ella reside. Su vida, obra y pensamiento siempre giraron en torno a la defensa de la memoria de aquellos que un día le arrebataron de su lado a merced de la intolerancia, el odio racial y el antisemitismo. En esta entrevista le queremos rendir un sentido, merecido y sincero homenaje.

 

 

 

 

 

Deja una respuesta