LOS VIAJEROS EN LA ALEMANIA NAZI QUE NO VIERON NADA
Por Ricardo Angoso
Acaba de aparecer un libro realmente interesante, documentado y muy preciso sobre los viajeros que estuvieron en la Alemania nazi durante los años treinta y cuarenta. Esta obra, titulada Viajeros en el Tercer Reich, nos narra las peripecias, avatares y anécdotas curiosas de un grupo de deportistas, periodistas, diplomáticos, estudiantes, profesores y un sinfín de profesionales que viajaron hasta la Alemania nazi por diversos motivos o, simplemente, para hacer turismo político. La autora, Julia Boyd, es una periodista y escritora británica con dotes de buena investigadora para los temas históricos.
El resultado de la obra es realmente paradójico, porque pretende mostrarnos la vida en la Alemania nazi y el desarrollo social, político y económico del país desde la llegada de Hitler al poder hasta la caída del régimen, tras la ocupación de Berlín por los aliados. Sin embargo, el resultado es bien distinto, en el sentido de que una buena parte de estos viajeros simpatizaban con la causa nazi y nos presentan una imagen parcial, maquillada y edulcorada. En el libro se habla poco del ambiente antisemita que rezumaba esa Alemania, ya sumida en la pesadilla fascista, y que mostró su peor cara en la Noche de los Cuchillos Largos, cuando Hitler eliminó a sus enemigos y disolvió, fusilando a muchos de sus líderes, como Ernst Röhm, las temidas Secciones de Asalto.
Pese a todo, el libro contiene información bien documentada sobre muchos episodios, hechos y sucesos que acontecieron durante este funesto periodo de la historia alemana. También resalta cómo los planes para el exterminio de los judíos estaban presentes en la cúpula nazi desde sus orígenes, tal como pudo saber uno de sus visitantes, el periodista James Grover McDonald, quien, cuando entrevistó a Hitler nada más llegar este al poder, le confesó: «Voy a hacer lo que el resto del mundo quería hacer. No saben cómo deshacerse de los judíos. Yo les enseñaré».
También llama la atención la frivolidad y la superficialidad de los diplomáticos acreditados en Alemania en aquella época, tal como relata el libro. Estaban dedicados a la vida social, las fiestas y los cócteles con los altos jerarcas del régimen, entre los que destacaban Joseph Goebbels y Hermann Göring, con sus pantagruélicas cenas y eventos, y mostraban una escasa capacidad analítica a la hora de percibir el peligro que representaba ese país para sus vecinos. Embarcado en un programa de rearme inocultable y sin ocultar nunca sus objetivos de ampliar su territorio a costa de los países limítrofes, resulta increíble que nadie diera la voz de alarma ante lo que estaba ocurriendo y enviara señales inequívocas a sus gobiernos sobre la catástrofe que se avecinaba. ¿No querían ver o, en aras de evitar una guerra mediante el apaciguamiento de la bestia, preferían mirar para otro lado?
También visitaron numerosos profesores y académicos la Alemania nazi, como el profesor afroamericano William Edward Burghardt Du Bois, quien llegaría a dejar por escrito su condena de las políticas de la Alemania nazi contra los judíos: «La campaña contra los judíos supera en crueldad vengativa e insultos públicos a todo lo que haya visto jamás, y he visto muchas cosas».
En 1936, año de la visita de este profesor, los nazis celebraron unos Juego Olímpicos en Berlín que pretendían ser la puesta en escena del régimen y una suerte de escaparate de los grandes logros del nazismo. Los participantes en este gran evento deportivo destacaron la perfecta organización, el orden, la limpieza y el buen trato recibido por sus anfitriones; nada sobre el antisemitismo y la persecución de los disidentes políticos. Nadie vio nada. Increíble.
Sin embargo, como señala la autora del libro, la verdadera naturaleza criminal del régimen ya no se podía ocultar en ese año: «Hacia finales de 1936 era difícil que alguien en el Reino Unido que no fuera un ermitaño, un antisemita o un nacionalsocialista convencido se escudara en la ignorancia para no reconocer la brutalidad del nazi». Comenzaban a llegar refugiados judíos, aparecían los primeros artículos que denunciaban los crímenes de los nazis en sus campos de detención y la realidad insoportable del país, en medio de la represión política y la persecución de los judíos, ya no se podía maquillar.
Además, muy pronto el régimen nazi mostraría la verdadera dimensión brutal de su odio a los judíos en la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre de 1938. En el ataque, perfectamente sincronizado y organizado en casi todas las ciudades y pueblos alemanes, tropas de asalto nazis, la policía secreta y ciudadanos normales destruyeron hogares, hospitales y escuelas judías. Más de mil sinagogas fueron quemadas o dañadas gravemente y cerca de 7.000 negocios de propiedad judía fueron saqueados y destrozados. Los hechos fueron conocidos mundialmente y nadie que visitara Alemania en aquellos días, con los restos de los incendios, los cristales rotos de los escaparates y las ruinas de las sinagogas destruidas, podía decir que no había visto nada. El ataque, organizado seguramente por Goebbels utilizando como excusa el atentado contra un diplomático alemán en París, fue el pistoletazo de salida para el comienzo del Holocausto a escala «industrial»: unos 30.000 judíos fueron detenidos en esos días y enviados a los campos de concentración.
En medio de un sinfín de personajes siniestros, como algunos que simpatizaban abiertamente con el nazismo, siendo uno de los casos más conocidos el del escritor irlandés Francis Stuart, hay que reseñar algunos comportamientos heroicos y dignos de mención. Entre ellos destaca con luz propia el matrimonio formado por William Boyle y su esposa, Eithne, quienes, durante su luna de miel, rescataron a una niña judía, Greta, que les entregó su madre para salvarle la vida en una calle berlinesa y que después sería llevada hasta su residencia en Kenia.
El libro, en definitiva, es un buen compendio y resumen de la historia del turismo político en la Alemania nazi, pues una buena parte de quienes visitaron aquel régimen oprobioso lo hacían por sus claras simpatías hacia el mismo y, en la mayor parte de los casos, sin ninguna capacidad crítica, obviando el ambiente opresivo y represivo y la persecución de los judíos, los gitanos y también los comunistas. No veían nada porque no querían verlo. Simplemente lamentable ese silencio.

