LA DESCONOCIDA HISTORIA DE IGNACIO BAUER, EL JUDÍO QUE AYUDÓ A FRANCO
Por Ricardo Angoso
Puede resultar un personaje paradójico, porque la propaganda antifranquista siempre se empeñó en presentar a Franco como un personaje antisemita, con simpatías nazis y fascistas y enemigo declarado del pueblo judío. Las tres acusaciones son, cuando menos, discutibles y no encajan plenamente con la realidad del personaje. La historia de Ignacio Bauer, un judío adinerado, con buenos contactos en el exterior de España y un hombre influyente en la comunidad hebrea española durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado, así parece corroborarlo.
Nacido el 16 de mayo de 1891 en Madrid, Ignacio Bauer Landauer era hijo de Gustavo Bauer —político habilidoso y senador durante la Restauración— y de Rosa Landauer Morpurgo. También era nieto del banquero de su mismo nombre, de origen judeo-húngaro, y representante en Madrid de los intereses de la familia Rothschild desde 1848. Ignacio se doctoró en Letras y, desde temprana edad, ocupó diversos cargos públicos: fue miembro de la Real Academia de la Historia y ejerció como cónsul general de Finlandia en Madrid. Se casó con Olga Dreyffus, descendiente de un barón ruso. Ella se ocupó de organizar WIZO —Women’s International Zionist Organization (Organización Internacional Sionista de Mujeres)— en España.
En 1923 fue elegido diputado a Cortes y ejerció como concejal del Ayuntamiento de Madrid entre 1922 y 1931. Como consecuencia de la posición que ocupaba, mantuvo relaciones con la alta sociedad española, así como con destacados intelectuales y miembros de la clase política. Incluso, dada su influencia en el mundo empresarial y político, llegó a conocer y trabar amistad con Alfonso XIII. También conoció a Albert Einstein durante su visita a España, en 1923, a quien agasajó con un gran banquete en su honor.
Según el historiador Miguel Ángel López-Morell, a la muerte de su padre, en 1916, tanto Ignacio como su hermano Alfredo pasaron a ocuparse del negocio familiar —la Casa Bauer— y de la gestión de las inversiones que la familia Rothschild tenía en España. Sin embargo, a diferencia de su hermano Alfredo, Ignacio se dedicó más a las cuestiones literarias y académicas que a los negocios empresariales. Esta afición le llevaría, en 1924, a ser uno de los fundadores de la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP), junto al periodista andaluz Manuel Ortega. En pocos años, la editorial Iberoamericana se convirtió en una de las empresas más importantes de su género, llegando a acaparar, en algunos casos, el 90 % del mercado.
En 1920 se constituyó la Comunidad Judía de Madrid, que pasó a ser presidida por Ignacio Bauer; de hecho, estaría al frente de la misma durante varias décadas. Además de sus artículos, su trabajo comunitario y su desempeño profesional, Bauer era un gran aficionado a la arqueología. En 1924 entregó al Museo Nacional de Arqueología tres cráneos encontrados por el señor Carrillo Guerrero en el yacimiento neolítico de Tabernes de Valldigna (Valencia) y, en febrero de 1925, logró recuperar una figura iberorromana, un Hermes, encontrado cerca de Arenas de San Pedro, que pretendía vender un anticuario. También lo donó al Museo Arqueológico Nacional, donde continúa en la actualidad. Ese mismo año, Bauer cedió a la Universidad Hebrea de Jerusalén cinco mil volúmenes en español de la biblioteca de Amador de los Ríos.
En 1927 fundó la Compañía Agrícola del Lukus para el cultivo de naranjas en Larache, en el Marruecos español. La Casa Bauer se vio muy afectada por el crac de 1929, lo que se tradujo en la quiebra de muchos de los negocios que tenía. Hacia 1931, la CIAP quebró como consecuencia de la mala situación económica que arrastraba. El patrimonio personal de Ignacio Bauer se vio muy afectado y tuvo que emplearlo para hacer frente a las deudas que lo acosaban. Monárquico convencido, Bauer no recibió de buen grado la instauración de la Segunda República española. Durante estos años se centró más en actividades relacionadas con las organizaciones judías y sionistas, empezando a pasar largas temporadas junto a los colonos judíos de Palestina y también en Suiza, donde conoció a eminentes personalidades judías.
En lo que se refiere al mundo sefardí, hay que señalar que Bauer inauguró en 1917 la primera sinagoga de Madrid en un piso de su propiedad, situado en la calle del Príncipe, número 5, la primera después de la expulsión de los judíos en 1492. Fue llamada Madrás Abarbanel, en recuerdo de Isaac Abarbanel, que condujo a los judíos españoles en la diáspora hacia Portugal a finales del siglo XV.
Al ser elegido diputado en 1923 y concejal del Ayuntamiento de Madrid, Bauer influyó, junto con otros judíos, para que el dictador Primo de Rivera, mediante el Real Decreto de 20 de diciembre de 1924, concediera la nacionalidad española a los sefardíes, aunque sin nombrarlos específicamente. Esta medida serviría posteriormente a numerosos diplomáticos españoles para conceder la nacionalidad a miles de judíos —ashkenazíes y sefardíes— durante la tenebrosa era del Holocausto (1939-1945), permitiéndoles salvar sus vidas y escapar de las garras de los nazis y de sus colaboradores en numerosos países. Especialmente conocido es el caso del «ángel de Budapest», Ángel Sanz Briz, que salvó aproximadamente a 5.000 judíos durante su misión en la capital húngara.
EN LA ÉPOCA DE FRANCO
En su trabajo como líder judío, Ignacio Bauer participó en la fundación del Congreso Judío Mundial, en 1936, precisamente el año en que comenzó la Guerra Civil española tras el alzamiento militar del 18 de julio. La Guerra Civil le sorprendió en Ginebra junto a su mujer, participando en el citado congreso. Pasó la guerra entre Israel y Holanda y, al acabar, volvió a Madrid, aunque viajó asiduamente a Israel para pasar temporadas. Tres años más tarde, el 1 de abril de 1939, concluiría la guerra con la victoria de Franco y el entonces empresario y dirigente comunitario comenzaría su verdadero trabajo tras su regreso.
Aprovechando sus buenas relaciones con el régimen, Bauer negoció con Franco la reapertura de la vida religiosa judía y, en 1949, se autorizaron dos sinagogas, una en Madrid y otra en Barcelona. Diversas fuentes relacionan directamente esta autorización con las gestiones de Bauer y con su apoyo internacional al régimen. También intercedió ante Franco para proteger las sinagogas del Protectorado español de Marruecos. Un estudio de la Real Academia de Doctores señala que Bauer realizó gestiones insistentes ante Franco para que se conservaran las principales sinagogas del Protectorado, incluida la de Tánger.
Por todo ello y, según algunas fuentes, como contraprestación por los favores prestados por Franco, actuó como interlocutor del régimen ante organizaciones judías internacionales para mejorar y suavizar la imagen de la dictadura. Después de la Segunda Guerra Mundial, el franquismo recurrió a Bauer para transmitir en Estados Unidos y ante organizaciones judías una imagen favorable de la política española hacia los judíos. Esto es importante porque muestra que Bauer tenía una posición que le permitía hablar con las autoridades franquistas y, simultáneamente, con círculos judíos internacionales. Su colaboración con Franco habría tenido un precio y una contrapartida. Las fuentes describen que Bauer apoyó internacionalmente al régimen a cambio de que se permitiera mantener o restablecer instituciones religiosas judías.
A partir de 1950, una vez que Bauer fracasó en su intento de que el régimen reconociera oficialmente a la Comunidad Israelita de Madrid —el reconocimiento formal de la comunidad no llegó hasta 1965, en un contexto que posteriormente desembocaría en la legislación de libertad religiosa de 1967—, el rastro del personaje se fue perdiendo paulatinamente, aunque sí se conocen sus viajes a Israel, Suiza —donde establecería una suerte de segunda residencia, además de la de España— y otros países occidentales, donde seguiría manteniendo importantes relaciones con el mundo judío y con personalidades israelíes.
También sabemos que, en los años de posguerra, fue profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Central e impartió clases. Sin embargo, no disponemos de demasiados elementos documentales —cartas, telegramas, actas e informes— acerca de las acciones concretas que desarrolló Bauer para ayudar al régimen de Franco, y tampoco hay datos fiables en los archivos de la Administración española acerca de estas actividades.
Finalmente, Ignacio Bauer falleció en Basilea en 1961 y el diario ABC de Madrid le dedicó una necrológica, en medio del olvido y la desmemoria.
