EL VERTIGINOSO Y TRÁGICO HOLOCAUSTO HÚNGARO

EL VERTIGINOSO Y TRÁGICO HOLOCAUSTO HÚNGARO

EL VERTIGINOSO Y TRÁGICO HOLOCAUSTO HÚNGARO

DESOLACIÓN Y MUERTE EN LA HUNGRÍA FASCISTA

por Ricardo Angoso

Durante casi toda la Segunda Guerra Mundial Hungría, permaneció como fiel aliada de la Alemania nazi y siguiendo las directrices antisemitas con respecto al trato a los hebreos. Lo mismo hizo con los gitanos que vivían en su país. Sin embargo, no es hasta la ocupación del país, en marzo de 1944, cuando los fascistas húngaros, bajo la atenta dirección y consejo de una delegación presidida por Adolf Eichmann, comienzan con el envío de miles de judíos a los campos de la muerte abiertos por los nazis. En muy poco tiempo, más de medio millón hebreos de origen húngaro morirían en los campos de concentración. La cifra es realmente alta si se tiene en cuenta que las tropas soviéticas entraron en Budapest en febrero de 1945, es decir, en apenas unos siete meses la población judía de Hungría sufre casi un 50% de bajas y la rica vida judía desaparecería para siempre de numerosas ciudades y pueblos húngaros.

Las primeras medidas antijudías

El gobierno húngaro del dictador Miklos Horthy declaró, bajo presión alemana, las primeras medidas antisemitas en una fecha tan reciente como 1938, sin que hubiera habido en este país una oposición real a tales acciones legislativas por parte de la sociedad húngara y de los intelectuales de este país, tal como sucedió en Dinamarca y Bulgaria –también aliadas de los nazis-.  La extrema derecha húngara y los grupos nacionalistas de este país siempre fueron antisemitas y aprovecharon el clima reinante en las vecinas Austria y Alemania para presionar a las autoridades de Budapest en el sentido de que adoptaran medidas realmente duras contra los judíos.

En total, el ejecutivo de Horthy dictó un paquete de cuarenta medidas jurídicas que incluían desde las restricciones al ejercicio de determinadas profesiones a los ciudadanos judíos, como la medicina, el derecho e incluso la ingeniería, hasta poseer grandes propiedades y tierras. Unos 78.000 judíos de todas las profesiones fueron expulsados de sus puestos considerados “intelectuales” por las autoridades húngaras y varias embajadas acreditadas en Budapest en la época señalan que las expropiaciones caprichosas de tierras y bienes a los hebreos es algo corriente y normal en el país.

Pese a todo, Hungría no se sumó a la “solución final” hasta fechas bien tardías y fue  tras la ocupación alemana del país, a raíz de que el almirante Horthy hubiera comenzado conversaciones con los aliados, cuando se produjeron las deportaciones, los fusilamientos y las numerosas arbitrariedades perpetradas por los aliados voluntarios húngaros de los nazis.

A partir de 1943, y sobre todo debido a los primeros reveses en todos los frentes para las tropas de la Alemania de Hitler, Himmler junto con Eichmann, siguiendo las órdenes que emanaban de Berlín, intensifican la “solución final”. Todos los países aliados de los nazis y otros que aunque no están ocupados les siguen en su “cruzada contra la judería” toman medidas contra las comunidades hebreas, colaboran activamente en las deportaciones hacia los campos e incluso perpetran bárbaras matanzas, como las cometidas en Croacia, Eslovaquia y Rumania.

Pero también este contexto adverso para los nazis provoca numerosas reacciones en los países ocupados, ya que se vislumbra la posibilidad de una victoria de los aliados y los soviéticos y una previsible derrota alemana. Himmler, junto con los gobiernos de Rumania y Hungría, comienza a tantear a los aliados y busca encontrar una salida a su precaria situación. Los Estados Unidos, junto con el resto de los países que le apoyan en la Segunda Guerra Mundial, rechazan cualquier acuerdo. Pese a todo, la maquinaría de la muerte de los nazis sigue activa y los campos de la muerte siguen acabando con miles de vidas humanas, sin nadie hiciera nada en el mundo por detener la matanza.

De la Hungría ocupada a la “solución final”

Los territorios ocupados por la Hungría colaboracionista abarcaban la Transilvania adjudicada por Alemania e Italia a Budapest por el Diktat de Viena, una pequeña franja cercana al Danubio que había pertenecido a Checoslovaquia y que estaba habitada por húngaros y algunos pequeños territorios de la antigua Yugoslavia. El sueño de la gran Hungría, que había perdido un tercio de su población y la mitad de sus territorios tras la Primera Guerra Mundial, parecía haberse cumplido con las victorias nazis, pero se truncaría a medida que el declive alemán se afianza en todos los frentes.

A partir de enero de 1944, cuando los alemanes tienen casi definitivamente perdida la guerra después de haber sufrido numerosos reveses, los campos de la muerte trabajan a un ritmo infernal, al considerar que los judíos estaban muriendo demasiado lentamente y que se necesitaba acelerar al máximo el exterminio de los hebreos de Europa. Hitler, junto con sus colaboradores en la mayor  persecución de la historia, pretendía que Hungría se implicase en la guerra y que también colaborase en el envío masivo de los hebreos a los campos de la muerte. Horthy, que es un antisemita convencido pero no un criminal, se seguía resistiendo. Incluso una entrevista entre el dictador húngaro y el máximo dictador nazi fracasa, debido a las reticencias de Budapest en implicarse a fondo en el genocidio organizado.

El 19 de marzo de 1944, cuando todo parece indicar que  Alemania  saldrá derrotada del conflicto bélico, Hungría es ocupada por los nazis, que ya no ocultan su malestar por el doble juego húngaro, manteniéndose teóricamente en el bando nazi pero negociando con los aliados y soviéticos una salida airosa de la guerra. Hitler ocuparía Hungría con el fin de que todos los judíos húngaros, junto con los que habían escapado de Eslovaquia, Rumania y Polonia, fueran enviados a los campos de la muerte.

Muy pronto, e instalada una administración en Budapest dócil a los deseos de los alemanes, la maquinaría genocida comenzó a trabajar y la persecución de los judíos se llevó a cabo de una forma metódica y “profesional”, tal como habían hecho los alemanes en otras partes ocupadas. La desesperación en la comunidad judía, bien contada y relatada por Béla Zsolt en su novela Nueve maletas, se hace patente y todo parece indicar que miles de personas con la estrella amarilla sobre sus solapas han quedado atrapadas en la hasta ahora tranquila Hungría.

“El nuevo Gobierno húngaro abrió la temporada de caza de judíos en 29 de marzo. El ministro de Interior anunció que había que marcarlos “en interés de la defensa nacional y de la seguridad pública”. A partir de este momento, Eichmann se hizo cargo del asunto y, al cabo de pocos días, su oficina emitió una serie de decretos que los húngaros aceptaron prestamente. Los judíos no podían abandonar sus casas, los judíos establecerán un Consejo Judío. Después, los alemanes y sus ahora ansiosos aliados húngaros procedieron a librar el país de hebreos, primero los de la periferia y luego los de la capital. László Baky, el nuevo subsecretario del Ministerio de Interior, furioso fascista y antisemita, se jactó de “que el Gobierno Real de Hungría pronto habrá purgado el país de judíos. Y dijo: “Ordeno que dicha purga sea lleve a cabo por regiones, para que, como resultado de esta, la judería, sin tener en cuenta sexo o edad, sea llevada a los campos de concentración señalados”, escribirían los autores Debórah Dwork y Robert Jan van Pelt en su estudio Holocausto.

Sobre estos hechos hemos encontrado en la Enciclopedia del Holocausto del Museo Memorial de Washington una concisa y breve descripción de los mismos:» En abril de 1944, las autoridades húngaras ordenaron que los judíos que vivían fuera de Budapest (aproximadamente 500.000) se concentraran en ciertas ciudades, generalmente sedes regionales del gobierno. Los gendarmes húngaros fueron enviados a las regiones rurales para arrestar a los judíos y llevarlos a las ciudades. Las zonas urbanas en que obligaron a los judíos a concentrarse estaban cerradas y eran conocidas como guetos. A veces, los guetos abarcaban el área de algún antiguo vecindario judío y, en otros casos, eran simplemente un solo edificio, como una fábrica».

Al tiempo que las medidas antisemitas se desarrollaban a un  ritmo vertiginoso en la Hungría ocupada por los nazis, los soviéticos avanzaban en todos los frentes de batalla. La Rutenia subcarpática, que se había anexionado Hungría como fruto de sus pactos con los nazis, ya estaba ocupada por el Ejército Rojo y Rumania estaba a punto de caer, ya que la resistencia de las frágiles tropas rumanas empezaba a mostrar signos de agotamiento y decadencia. Bucarest, además, también había iniciado contactos con los aliados para evitar estar en el bando de los derrotados y pactar una rendición honorable.

La noticia de las derrotas húngaras y de la inminente llegada de los soviéticos a Hungría a través de Transilvania precipitó que los dirigentes nazis instalados en Budapest pusieran en marcha rápidamente las “máquinas de moler trigo”, es decir, las instalaciones de la muerte de los campos de concentración. Desde abril de 1944 hasta junio de este mismo año se calcula que unos 381.000 judíos fueron deportados, en su gran mayoría a Auschwitz, por los nazis y sus aliados húngaros. A la mayoría, como se comprobaría después de la liberación de los campos por los vencedores, les esperaba la muerte. Constituirían el principal grupo que perecería en el Holocausto, ya que a partir de esa fecha las deportaciones y asesinatos masivos serían de menor cuantía.

Aunque las cifras varían de unas fuentes a otras, recogemos aquí los trágicos acontecimientos de ese periodo contados en la Enciclopedia del Holocausto ya citada en este texto:» A mediados de mayo de 1944, las autoridades húngaras, en coordinación con la Policía de Seguridad Alemana, comenzaron a deportar sistemáticamente a los judíos húngaros. El coronel Adolf Eichmann de las SS era el jefe del equipo de “expertos en deportación” que trabajaban con las autoridades húngaras. La policía de este país realizaba los arrestos y obligaba a los judíos a subir a los trenes de deportación. En menos de dos meses, deportaron a cerca de 440.000 judíos desde Hungría en más de 145 trenes. A la mayoría los deportaron a Auschwitz, pero también enviaron a miles a la frontera con Austria para que los hicieran cavar trincheras para las fortificaciones. A fines de julio de 1944, la única comunidad judía que quedaba en Hungría era la de Budapest, la ciudad capital».

Pero no sólo los judíos de Hungría conocerían la desolación y la muerte, sino que los nazis, conscientes de que los soviéticos estaban a las puertas de Budapest, se pusieron manos a la obra en la vecina Transilvania, donde miles de judíos serían traslados a guetos, instalaciones carcelarias en las peores condiciones, para acelerar su muerte lo antes posible, y campos de concentración. Los resultados de esta política rápida y masiva contra los judíos de Transilvania tendría fatales consecuencias y se calcula que la población eliminada llegaría a casi el 90% del censo hebreo de la época.

Una de las ciudades transilvanas más castigadas por el Holocausto sería Sighet, donde ocurrieron espectáculos y acciones dantescas. El Premio Nobel de la Paz Elie Wiessel, testigo de excepción de todo lo acaecido en Transilvania, escribiría numerosos libros sobre el drama padecido por los judíos que vivían en los territorios ocupados por los húngaros y también sometidos al fuego purificador de la limpieza étnica. Ahora, en esta pequeña ciudad transilvana hay un museo-memorial y un monumento que recuerda lo que sucedió y el drama de algo más de 6.000 judíos deportados. Sighet tiene, por otra parte, el dudoso honor de ser una de las escasas ciudades visitadas por el mismo Eichmann durante la aplicación de la “solución final” en Hungría. (También la visitó, más recientemente, el ex presidente de Rumania, Ion Iliescu, quién negó que su país hubiera participado en las matanzas y que tuviera algo ver en el Holocausto, asunto de húngaros, llegó a decir más o menos. Más de 530.000  judíos perecieron en Rumania entre el año 1939 y 1944).

Desolación y muerte en Budapest

Mientras la suerte de los judíos de Transilvania estaba echada, en Budapest el ejecutivo húngaro de Horthy luchaba por mantenerse al margen del genocidio puesto en marcha por los nazis y por evitar sobrevivir tras la inminente llegada de los soviéticos. En un momento de efervescencia bélica en todos los frentes, los húngaros trataban de salvar la integridad territorial del país –notablemente ampliada por su colaboración con los nazis- y al régimen del regente, que es como llamaban al almirante Horthy. Como relata Hannah Arendt, en su libro Eichmann en Jerusalén, al que cito literalmente:

“Y sobre Horthy cayó un diluvio de protestas procedentes de los países neutrales, así como del Vaticano. Sin embargo, el nuncio de la Santa Sede creyó oportuno explicar que la protesta no nacía “de un falso sentido de la compasión”, frase que debiera inscribirse en una lápida para perpetuar las consecuencias que tuvieron en la mentalidad de los más altos dignatarios de la Iglesia los continuos tratos y los deseos de transigir con los hombres que predicaban el evangelio de la “dureza despiadada”(…) Presionado por todos los lados, Horthy dio orden de detener las deportaciones(…)”.

Así, en agosto de 1944 la situación era desesperada, tanto para Horthy como para los miles de judíos que sobrevivían a duras penas en Budapest. El ejército soviético ya avanzaba sin obstáculos por Rumania, y los judíos de la capital húngara sobrevivían sin apenas comida ni posibilidad de trabajo en ningún sitio. Protegidos por algunas embajadas, como las de España, Portugal y Suecia, miles de judíos salvaron sus vidas con salvoconductos y falsos pasaportes entregados por estas legaciones. Eichmann, ajeno a todo, menos a la persecución de la “odiosa judería”, seguía atento y trabajando en el exterminio de los judíos de Transilvania antes de la llegada de los “inoportunos” soviéticos. Resulta increíble como en la mente de los altos encargados de la “solución final” el exterminio de los hebreos era una suerte de misión mística que transcendía mucho más allá del resultado de la contienda bélica.

El 23 de agosto de 1944, y una vez que la suerte de Rumania está sellada ante una ofensiva soviética imparable, Eichmann abandona Hungría no sin antes dejar preparada la deportación de miles de judíos de Arad y Oradea, ciudades situadas actualmente en Rumania. Solamente en Oradea, donde pervivió uno de los guetos más duros habidos en toda Transilvania, perecieron unos 14.000 hebreos en los campos de concentración y en los trenes de ganado que los llevaban a los mismos. Al referirse a la dura espera padecida en Oradea, el escritor Béla Zsolt escribiría: “Bueno, de todas formas ahora ya da lo mismo: por la mañana nos llevarán. Nos despediremos para siempre de esta ciudad digna de vergüenza, de esta patria loca y perdida, de esta época demente, de una vida que así no vale nada”. Zsolt sobreviviría a esta locura y nos dejaría el testimonio de lo vivido en Oradea, no así su mujer y familiares que morirían en los campos de la muerte.

Dos meses más tarde, a mediados de octubre de ese año, los soviéticos están a tan sólo cien millas de Budapest. Y los nazis, ante el ya irrefrenable avance de los soviéticos que ocupan Rumania, imponen un ejecutivo sumiso a sus intereses, derriban al régimen de Horthy, encarcelan a su odiado hijo István en un campo de concentración tras secuestrarle y nombran Jefe de Estado de la Hungría pronazi a Ferenc Szálasi, líder del partido fascista de las Cruces y las Flechas.

La situación para la angustiada población judía cambió súbitamente. Unos 160.000 judíos fueron amontonados –no cabe otra palabra- en el gueto de Budapest y unos 50.000 hombres, entre los 15 y los 60 años, fueron seleccionados para ser enviados a los campos de la muerte por Eichmann, quien siguiendo órdenes de Himmler seguía trabajando a un ritmo vertiginoso por acabar con la vida judía antes del final de la guerra.

Recluidos en unas estrechas calle del centro histórico de Budapest, centenares de judíos morirían víctimas de las epidemias, el hambre y la brutalidad de los grupos fascistas húngaros. En la sinagoga de Dohány, al comienzo del gueto donde se hacinaban miles de seres humanos, encontraron “refugio” en sus jardines unos 3.000 judíos  y allí morirían el poeta Miklós Radnóti y el historiador Antal Serv junto con miles de víctimas sin nombre.

Así relata estos capítulos dramáticos la Enciclopedia del Holocausto: «En noviembre de 1944, el régimen de la Cruz Flechada ordenó que los judíos que quedaban en Budapest fueran a un gueto que, con una superficie de 25 hectáreas, se convirtió en la residencia temporal de aproximadamente 70.000 personas. Varios miles de judíos de Budapest también debieron marchar a pie bajo guardia húngara hacia la frontera con Austria durante noviembre y diciembre de 1944. Muchos de ellos que eran demasiado débiles para seguir marchando con tanto frío fueron fusilados en el camino».

Los fascistas húngaros colaboraron con ahínco y especial crueldad en la persecución de los judíos que vivían en su país. Organizaron redadas, asaltaron apartamentos, incendiaron negocios, sinagogas y hospitales, cometieron brutales matanzas, asaltaron embajadas y casas protegidas por organizaciones internacionales que trataban de salvar algunos judíos y vigilaron el gueto de Budapest hasta la llegada de los soviéticos. Sin embargo, los continuos bombardeos de los aliados y el mal funcionamiento de los servicios de ferrocarril evitaron la deportación masiva de todos los judíos que vivían en Budapest. Tan sólo el grupo ya citado de los 50.000 que serían enviados por Eichmann a los campos de exterminio sería la bochornosa aportación de los fascistas húngaros al régimen nazi. Los judíos que tomaron parte en aquellas marchas sufrirían duras humillaciones, la brutalidad de sus carceleros y la muerte, sobre todo debida a las penosas condiciones en que se efectuaban las marchas, sin apenas comida ni ropa de abrigo con bajas temperaturas, y a los intensos bombardeos aliados a los que estaba sometido todo el país. Luego, claro está, habría numerosas bajas difíciles de cuantificar en los ataques organizados al guetto por los fascistas húngaros.

Los casos de Wallenberg y Briz

Siempre se ha dicho que las situaciones límite sacan del ser humano lo mejor y lo peor que tiene. Nunca dicho aforismo pudo tener mejor aplicación que en los duros días del Holocausto húngaro, aquellas negras jornadas plagadas de muerte, delación y sufrimiento. Los genocidas voluntarios de Hitler encontraron en los fascistas húngaros unos aliados y ejecutores de su política ejemplares en el peor sentido de la palabra. Pero en aquella Budapest infame y atrapada por lo peor, dos hombres estuvieron a la altura de las circunstancias: los diplomáticos Raoul Wallenberg y Ángel Sanz Briz.

“Raoul Wallenberg, un hombre de negocios de treinta y dos años, miembro de una destacada familia de financieros suecos, aceptó el trabajo (como diplomático en Budapest). Fue nombrado secretario de la embajada sueca en Budapest, tuvo el apoyo de Estocolmo y de la Junta de Refugiados de Guerra. Llegó a la capital de Hungría en julio de 1944, justo cuando Horthy detuvo las deportaciones. Para cientos de miles de judíos, este hecho tuvo lugar demasiado tarde, pero todavía quedaban los judíos de Budapest. ¿Y quién sabía cuando volverían a rodar los trenes? No había tiempo que perder”, escriben los investigadores Dwork y Jan Van Pelt.

Desde su llegada a Budapest, Wallenberg creó una red de rescate para los judíos que quedaban en Budapest, dándoles refugio en una serie de viviendas protegidas por su embajada y emitiendo unos “pasaportes protectores” que salvaron la vida de miles de personas. Sin embargo, cuando la situación se hizo especialmente grave, durante el breve período en que gobernaron los fascistas húngaros, estos pasaportes no fueron respetados ni por los alemanes ni por la policía húngara. Entonces, Wallenberg, con la ayuda de los empleados de la embajada, se enfrentó a las autoridades húngaras y a los alemanes y se encargó de llevar a cabo una labor de vigilancia en las fronteras y en los puestos de control, llegando a exigir a las dos partes que respetasen los documentos emitidos por su embajada.

La embajada sueca en Budapest entregó entre 15.000 y 20.000 pasaportes, sin que en ningún importase que el judío en cuestión tuviera o no relación con Suecia. Fue la institución más activa de todas las que había en ese momento en la capital húngara en la salvación de los judíos perseguidos. Además, en las casas protegidas por los suecos y creadas por Wallenberg se cree que se escondieron hasta un máximo de 70.000 judíos que tras la llegada del Ejército Rojo pudieron estar a salvo y evitar una muerte segura. La nota triste de toda esta historia de heroísmo y grandeza del ser humano la pone el destino final del propio Wallenberg: nada más llegar las tropas soviéticas desapareció para siempre y nunca más se supo de él. Las tesis más aceptada por los historiadores es que fue secuestrado por los soviéticos y seguramente eliminado.

El encargado de negocios de España en la Hungría de entonces, Angel Sanz Briz, empleará una técnica muy parecida a la de Wallenberg para salvar a los judíos húngaros. Escandalizado ante lo que estaba ocurriendo y consternado por la brutalidad de los fascistas húngaros, creó toda una red de casas y viviendas protegidas por la embajada española y también otorgó, acogiéndose a un decreto de Primo de Rivera que había concedido protección a los sefarditas españoles, numerosos salvoconductos y pasaportes españoles a miles de judíos húngaros.

Se calcula que más de 5.000 judíos húngaros, tal como relata Diego Carcedo en su libro Un español frente al Holocausto, salvarían sus vidas por la valiente y decidida acción de Briz, un comportamiento que no fue ni prohibido ni tolerado por un régimen que simpatizaba con el nazismo pero que era consciente de que Alemania había perdido la guerra. Briz, una vez terminada su misión en Budapest ya como jefe de la legación y clausurada la embajada española en la capital húngara ante la inminente llegada de las tropas soviéticas, pudo regresar a España y después ocupó numerosos destinos diplomáticos. En 1991, una vez reconocida mundialmente su labor y homenajeado por los gobiernos de Hungría y España, el parlamento de Israel le concedió a título póstumo la orden de Justo de la Humanidad.

Junto a estas dos importantes acciones, también las embajadas de la Santa Sede, Suiza y Portugal ayudarían de una forma desinteresada a muchos judíos a abandonar el país y salvar así sus vidas. Sin embargo, pese a la nobleza de tales actuaciones y lo positivo de las mismas, la mayor parte de los judíos de Hungría perecerían durante el Holocausto y en los meses previos a la llegada de las tropas soviéticas a Budapest.

El balance del Holocausto húngaro

Al igual que en otras partes de Europa del Este, Hungría no fue una excepción a la espiral de odio, persecución y asesinatos colectivos organizados por los nazis con la complacencia de las autoridades húngaras que sucedieron a Horthy. Un cálculo razonable de víctimas señalaría que de los 825.000 judíos que había en Hungría antes de la guerra sobrevivirían apenas unos 260.000, de los cuales unos 100.000 quedarían en la capital, Budapest, cuya tasa de defunciones, muertes, desapariciones y asesinatos (55%) fue bastante menor que en el resto del país. Incluimos en este censo de víctimas a las de todos los territorios ocupados por los húngaros durante la guerra.

En lo que respecta a la Transilvania ocupada por los húngaros durante la guerra, el balance es aún más desolador, ya que de los 165.000 hebreos que había tan sólo sobrevivieron unos 15.000, es decir, que el 90% de la población judía fue exterminada por los nazis y sus aliados. La mayor parte de las comunidades rurales y urbanas desaparecería para siempre. Sorprendentemente, de todos estos supervivientes unos 1.700 provenían de la capital de Transilvania, Cluj Napoca, donde un acuerdo entre los líderes de la comunidad y los nazis les permitió salvar la vida a cambio de una considerable cantidad de dinero.

Pese a este caso excepcional, la vida cultural, social, económica y política judía fue barrida para siempre de territorios como Hungría, Tansilvania, Voivodina y otras zonas donde llegó la mano nazi durante la guerra. En 1950, una vez que numerosos supervivientes judíos habían emigrado hacia Israel, quedaban en Hungría algo menos de 155.000 judíos y en Transilvania tan sólo funcionaban las exiguas y diezmadas comunidades de Arad, Baia Mare y Cluj Napoca. Luego quedaban algunas sinagogas abiertas para el culto en determinadas fechas y los inmensos cementerios abandonados que he podido visitar en Baia Mare, Brasov y Oradea, testigos mudos de una historia trágica y brutal.

Los responsables del genocidio perpetrado en Hungría consiguieron salvar sus vidas huyendo hacia América Latina y otras latitudes, donde lograron esquivar la acción de la justicia y gozar de la plácida impunidad hasta el final de sus días. No fue así con el máximo líder del Estado fascista húngaro, Ferenc Szálasi, que sería juzgado, condenado a muerte y ejecutado tras el final de la guerra. El almirante sin mar Miklós Horthy moriría en el exilio olvidado por todos y condenado por su alianza con el nazismo. Y en lo que respecta a Eichmann, como saben, fue detenido en Buenos Aires, trasladado a Jerusalén y posteriormente ejecutado en un controvertido y justo juicio. Otros responsables serían arrestados tras la guerra en Alemania y, como relata Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, condenados a penas leves e incluso excarcelados antes de cumplirlas.

Termino estas líneas recordando a ese gran escritor italiano y superviviente del Holocausto, Primo Levi, al referirse a la sensación vivida tras ser liberado de los campos y a ese sueño de horror que le persiguió toda su vida e incluso le llevó al suicidio: “Es un sueño que está dentro de otro sueño, distinto en los detalles, idéntico en la sustancia. Estoy en la mesa con mi familia, o con mis amigos, o trabajando, o en una campiña verde: en un ambiente plácido y distendido, aparentemente lejos de toda tensión y todo dolor; y sin embargo experimento una angustia sutil y profunda, la sensación definida de una amenaza próxima”.

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA Y RECOMENDADA:

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Carcedo, Diego: Un español frente al Holocausto. Temas de Hoy, Madrid, 2005.

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Carp, Matatias: Holocaust in Romania.Facts and Documents. Edición publicada resumida y editada por Andrew L. Simon de las cuatro tomos publicados por el autor.

Heger, Heinz: Los hombres del triángulo rosa. Amaranto, Madrid, 2002.

Hilberg, Raul: La destrucción de los judíos europeos. Akal, Madrid, 2005.

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Tisma, Aleksandar: El Kapo. Narrativa del Alcantarillado, Barcelona, 2002.

WEB RECOMENDADA:

Páginas del Memorial de los Estados Unidos sobre el Holocausto (muy completa):

http://www.ushmm.org/

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