CUANDO EL MUNDO DESCUBRIÓ EL HOLOCAUSTO
Por Ricardo Angoso
Una de las grandes expertas en el Holocausto, Ana Wieviorka, acaba de sacar un libro titulado 1945. Cómo el mundo descubrió el horror sobre el “descubrimiento” del Holocausto tras la derrota de la Alemania nazi y la victoria aliada en los campos de batalla. Resulta bastante sospechoso que nadie supiera nada de lo que estaba pasando en los campos de concentración, por no decir increíble, y de la puesta en marcha de la “solución final”, que provocó el exterminio de seis millones de judíos y varios millones más de gitanos, serbios, prisioneros rusos, homosexuales y disidentes políticos del nazismo.
Hasta un nazi convencido, como el cínico arquitecto del III Reich, Albert Speer, mintió durante toda su vida al afirmar que no sabía nada del Holocausto y construyó con éxito el mito del “nazi bueno”. Sin embargo, años después de su muerte, se descubrieron cartas y documentos, como una misiva de 1971, que demostraban de manera irrefutable que Speer mintió deliberadamente y que sí estaba al tanto de los planes de exterminio masivo mientras ocupaba el poder. Mientras las chimeneas exhalaban los gases de millones de asesinados en los campos, los alemanes y austriacos que vivían cerca de ellos preferían mirar para otro lado y pensar que aquel olor terrible, que atravesaba sus conciencias con la peor de las sospechas, no tenía nada que ver con la súbita desaparición de muchos de sus vecinos judíos.
Además, como ahora sabemos con certeza, hubo algunas personas que, aun a riesgo de perder su vida y su prestigio, informaron acerca de lo que estaba aconteciendo en los países ocupados por los nazis y en los campos y guetos abiertos para los judíos, como son los casos de los polacos Jan Karski y Witold Pilecki y de los judíos eslovacos Rudolf Vrba y Alfréd Wetzler.
Karski fue un oficial de la resistencia polaca que se infiltró en el gueto de Varsovia y en un campo de tránsito nazi (Izbica) para presenciar el horror con sus propios ojos. En 1942 y 1943 viajó a Londres y Washington, donde se reunió personalmente con el presidente Franklin D. Roosevelt y el ministro Anthony Eden para denunciar que los judíos estaban siendo exterminados por completo. Nadie quiso escuchar a Karski porque hubiera significado, seguramente, un mayor esfuerzo bélico para los aliados y tener que bombardear los campos. En lo que respecta a Witold Pilecki, hay que reseñar que este militar polaco redactó informes detallados —los Informes de Pilecki— sobre las cámaras de gas y las ejecuciones masivas tras entrar personalmente en Auschwitz de forma voluntaria para ver qué ocurría en ese lugar.
En lo que atañe a los dos jóvenes judíos eslovacos, gracias a su valentía y coraje lograron la hazaña de escapar de Auschwitz-Birkenau en abril de 1944. Después de su huida, redactaron un informe de 40 páginas sumamente preciso —el Informe Vrba-Wetzler—, con mapas, estadísticas y descripciones del funcionamiento logístico de las cámaras de gas, en el que denunciaban lo que estaba pasando. El informe circuló ampliamente en los medios diplomáticos y fue conocido como los “protocolos de Auschwitz”, bajo el título German Extermination Camps—Auschwitz and Birkenau.
LOS PRIMEROS TESTIGOS DEL HOLOCAUSTO
Volviendo al libro de Wieviorka, el mismo relata la historia de dos de los primeros testigos del infierno que significó el Holocausto. Se trata de dos corresponsales de guerra: Meyer Levin, estadounidense, escritor y periodista, y Éric Schwab, fotógrafo francés de la agencia France-Presse. Ambos son judíos y se adentran, mano a mano, junto a los soldados estadounidenses, en los campos de exterminio. Cada uno guiado por una obsesión: el primero rastrea lo que queda de la comunidad judía en Europa; el segundo busca a su madre deportada. En cada campo descubren los rostros demacrados de los supervivientes y montañas de cadáveres.
Creo que una de las mayores aportaciones de este libro es que, a través de sus páginas, descubrimos algunos lugares, episodios e historias bastante desconocidos del Holocausto y de lo que ocurrió después, tras su trágico “descubrimiento”. Por ejemplo, el libro documenta con buen tino y precisión un campo absolutamente desconocido para mí, Ohrdruf, donde los generales norteamericanos Patton y Eisenhower, durante su visita al mismo, asisten atónitos y escandalizados ante tanta barbarie y crueldad humana.
Entre las miradas de los periodistas y los generales, también se asoma la reacción de los primeros alemanes y austriacos obligados a visitar los campos y cuál fue su reacción, caracterizada, en general, por el silencio, la falta de efusividad y la ausencia de una condena, al menos retórica. Miraban asombrados, sin decir nada, como si realmente hubieran conocido o, al menos, intuido durante esos largos años del nazismo que la bestia criminal que se ocultaba detrás de esos muros hubiera sido capaz de perpetrar los más abyectos crímenes.
También la autora, buena conocedora del capítulo francés del Holocausto, analiza el significado del mismo para Europa que, en palabras del periodista Meyer Levin, significó el final del pueblo judío como fuerza cultural en Europa. Esto resultaba evidente en casi todo el Este de Europa, pero no tanto en la parte occidental, donde todavía quedaban comunidades judías organizadas y no tan diezmadas por el Holocausto, como eran los casos de Francia, Bélgica, Italia y los Países Bajos.
Más dramático resulta el caso de Polonia, tal como nos relata en el libro Marek Edelman, el único superviviente del Estado Mayor que organizó la insurrección del gueto de Varsovia: “En el mundo ya no hay judíos. Este pueblo no existe. Y no los habrá”. Y remata Wieviorka: “En boca de este héroe, no se trata del conjunto del pueblo judío, sino del pueblo yiddish que vivió en el este de Europa”.
Para ir concluyendo, los testimonios de los dos protagonistas de este libro, tanto en la parte escrita de Meyer Levin como en la fotográfica de Éric Schwab, acabaron siendo un referente casi clásico en el periodismo que supo narrar el Holocausto al mundo. Sus textos e imágenes tuvieron la capacidad de mostrar a la humanidad la perplejidad ante la amplitud de los crímenes, la incomprensión, la lenta toma de conciencia de los primeros testigos y el desafío mediático que supuso semejante descubrimiento.
Finalmente, quiero terminar con unas palabras de la autora en las que define muy oportunamente el drama que sufrían los judíos que habían sobrevivido a esta gran tragedia: “No es que nadie tuviera entonces conciencia de que el judaísmo europeo había sido amputado para siempre de la parte más importante de su población y de que una parte de los que habían sobrevivido, tan poco numerosos, no encontraban un lugar donde vivir en el mundo de la posguerra. Se pudrían en decenas de campos para personas desplazadas instalados en Alemania, ahora dividida en zonas de ocupación”. Sobrevivir, entonces, en medio de ese vacío silencioso y terrible que significa la ausencia del otro, es una tarea titánica que implica la reconstrucción de un mundo que ha sido destruido, del que solamente nos quedan las ruinas, las cenizas y los recuerdos. ¿Será posible entonces vivir así?

