LA INCREIBLE HISTORIA DE LAS HERMANAS TOUZA, LAS “SCHINDLER GALLEGAS”

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LA INCREÍBLE HISTORIA DE LAS HERMANAS TOUZA

Por Ricardo Angoso

Muy lejos de los despachos de las embajadas y consulados, en la Galicia profunda, entre montañas y viñedos, prados y bodegas, tres hermanas —Lola, Amparo y Julia—, en aquellos difíciles años cuarenta del siglo pasado, marcados por el hambre y la posguerra en España, desempeñaron un papel heroico sin apenas saberlo ni buscarlo, con esa inocencia de quien hace el bien porque simplemente siente que debe hacerlo ante el dolor inconmensurable de los demás.

Las hermanas Touza, originarias de Ribadavia (Ourense), fueron tres gallegas que ayudaron a salvar, supuestamente, a más de 500 judíos que huían del Holocausto, estableciendo una red clandestina para lograr que los fugitivos llegados a la estación de tren de Ribadavia pudieran ponerse a salvo en Portugal, según informaba un artículo publicado por el diario madrileño El País.

El diario local El Faro de Vigo también daba cuenta de su historia, plagada de riesgos, atrevimiento y determinación para ayudar a los judíos: “Apodadas por su humanidad las ‘Schindler gallegas’, salvaron a 500 judíos desde Ribadavia, Ourense. Consiguieron ayudarles a huir del nazismo gracias a una red clandestina que las conectaba directamente con el cónsul portugués Arístides de Sousa, quien también desempeñó el mismo cargo en Vigo. Tras inspirar novelas y al menos una obra teatral de una compañía mexicana, la historia de las hermanas Touza saltará por fin a la pantalla en forma de documental. Guionizado por el escritor y topógrafo gallego Vicente Piñeiro, autor de la novela Lola Touza, la Schindler gallega, será dirigido por el cineasta Pablo Ces, con experiencia previa en documentales sobre memoria histórica como As silenciadas o Miracielo”.

Las tres hermanas, vecinas de la pequeña localidad de Ribadavia, regentaban el casino y una cantina en la estación de tren, lo que resultó providencial para llevar a cabo sus tareas humanitarias. Lola Touza organizó, junto con sus hermanas, una red en la que también colaboraban los taxistas Xosé Rocha Freixido y Xavier Míguez, con parada en Ribadavia, un barquero llamado Ramón Estévez y un intérprete, Ricardo Pérez.

Cuando llegaba el tren previamente señalado, de noche o de día, Lola, con la complicidad de sus hermanas, se encargaba de atender a los viajeros en situación de auxilio, los escondía en su casa durante el tiempo necesario, hasta la noche adecuada en la que los taxistas organizaban su traslado hacia la frontera con Portugal.

El escritor y librero Antón Patiño Regueiro rescató la historia de las hermanas Touza, cuyo relato fue transmitido por Amancio Vázquez, un exiliado gallego a quien un judío residente en Nueva York le había encomendado hacer llegar el agradecimiento a las hermanas.

Años antes de este testimonio, en 1964, Isaac Retzmann, neoyorquino de origen judío que había llegado a Estados Unidos en 1943 huyendo de la persecución nazi en Europa, comenzó a investigar para encontrar a las personas que durante la Segunda Guerra Mundial le habían salvado la vida a él y a muchas otras personas. Esta búsqueda fue la que permitió sacar a la luz el secreto.

Se siguen buscando testimonios que puedan confirmar el número de personas ayudadas, aunque, por razones biológicas, será cada vez más difícil encontrar testigos vivos de esta proeza.

Las tres hermanas —Lola, Amparo y Julia— fueron valientes y arriesgadas, capaces de esquivar a las autoridades franquistas y a los agentes de la Gestapo para salvar la vida de cientos de personas y facilitar su paso hacia Portugal. A la estación de Ribadavia se la conocía como “Estación Libertad”. Contaron con numerosos colaboradores, aunque probablemente también las autoridades locales y policiales de la época miraron hacia otro lado ante unos hechos que, en una localidad de esas dimensiones en la España de la época —donde nada escapaba a la Guardia Civil—, difícilmente podían pasar desapercibidos.

Las hermanas Touza Domínguez habilitaron un escondite para los perseguidos en el quiosco de la estación de Ribadavia y en su propia vivienda. Esta casa contaba con un sótano, disimulado bajo un falso suelo, de unos 20 metros cuadrados excavado bajo tierra y acondicionado como refugio para los huidos. Allí comían y descansaban hasta el momento oportuno para partir hacia la frontera portuguesa.

Como recoge El Faro de Vigo: “Entre los colaboradores estaban los obreros Francisco Estévez y su hijo Ramón, que hoy relata los hechos. Acompañaban a los judíos de noche por las orillas del Miño, por el monte y las vías del tren hasta la frontera de Portugal en Frieira, donde un barquero, de nombre hasta ahora desconocido, los esperaba para cruzarlos al otro lado del río. Los taxistas José Rocha y Javier Mínguez, apodado ‘el Calavera’, los conducían en sus vehículos hasta Ponte Barxas y otros puntos fronterizos. Ricardo Pérez Parada, ‘el Evangelista’, actuaba como intérprete, ya que era un tonelero que había emigrado a Estados Unidos. Arriesgaban sus vidas para facilitarles el paso a Portugal”.

Esa sofisticada red comenzaba en los Pirineos, hacía escala en Medina del Campo y llegaba hasta Ribadavia. Daba auxilio principalmente a judíos, pero también a otros refugiados que huían de la pesadilla fascista que se extendía por toda Europa.

Las hermanas Touza —Lola, Amparo y Julia— mantuvieron el secreto de su gesta solidaria durante toda su vida. Incluso sus propios hijos desconocieron estos hechos durante años. El pacto de silencio se mantuvo mientras alguna de ellas siguiera con vida; nada debía hacerse público por miedo a represalias.

Esta historia ha sido rescatada fundamentalmente a través de los testimonios de personas salvadas de la persecución nazi. No hubo reconocimientos ni homenajes públicos en su tiempo, solo el honor de haber estado a la altura de las circunstancias como seres humanos, dejando la huella de haber contribuido a un mundo mejor en las condiciones más adversas, incluso a riesgo de sus propias vidas.

La generosidad de las hermanas no terminaba con el paso de los perseguidos a la frontera portuguesa. Antes de cruzar, les entregaban dinero para que pudieran sobrevivir en Portugal, dinero procedente de los beneficios del casino. Así lo ha testificado uno de los supervivientes, quien entregó una moneda de plata que Lola Touza le había dado al nieto de esta, Julio, según relata el periodista Gerardo Di Fazio en una crónica reciente.

Lola murió el 26 de junio de 1966, Amparo el 6 de febrero de 1981 y Julia el 6 de junio de 1983. Las tres vivieron juntas y juntas están enterradas en el cementerio de Ribadavia. El 7 de septiembre de 2008, la labor humanitaria de las hermanas Touza fue reconocida en Ribadavia con un homenaje póstumo auspiciado por el Centro de Estudios Medievales de la localidad. En la fachada de su casa se colocó una placa con la inscripción “Loitadoras pola liberdade”.

El Estado de Israel ha reconocido a las hermanas Touza en Jerusalén con la plantación de un árbol en memoria de la labor de Lola, Amparo y Julia, y se han iniciado trámites para otorgarles el título de Justas entre las Naciones, que concede Yad Vashem a quienes se han distinguido por la salvación de judíos durante el Holocausto.

He traído a estas páginas esta historia de las hermanas Touza porque revela el silencio que reinó en España durante mucho tiempo respecto al Holocausto y el desconocimiento generalizado que existía sobre el mismo. Que estos hechos, realmente extraordinarios y dignos de ser recordados, hayan sido conocidos casi medio siglo después, cuando sus protagonistas ya habían fallecido, es algo muy triste y que refleja el aislamiento en el que vivió nuestro país durante y después de la guerra.

Se puede decir, sin caer en la exageración, que tras la caída de la Alemania nazi en mayo de 1945 y el descubrimiento de los horrores perpetrados en los campos de exterminio y otros escenarios, cayó sobre este asunto en España un manto de silencio que duró varias décadas, y que quizá tenga que ver con un cierto sentimiento de vergüenza por haber coqueteado durante algún tiempo con el propio diablo.

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